GOTA A GOTA

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Este relato pertenece al libro La hija del Txakurra,.
No figura en la edición en papel. Editorial Libros.com.

Después del infinito silencio a que te somete el dolor de lo estúpidamente irremediable y lo trágicamente cotidiano: Un atentado. Un muerto. Dos heridos. Herrera. El cuartel. Una ráfaga de plomo. Ametrallados. Se desangra. Un vehículo. Una fuga. Controles de carreteras. Infructuosas persecuciones. Transfusiones. Vigilancia. Lágrimas. Impotencia. Dolor. Rabia. Rutina.
Después de sentirte en ese golpe desposeído de otro vestigio de consuelo que no sea sino la viva esencia de ese dolor y esa rabia que a su manera también te hiere, que también te mata.
Después de hallarte caído sobre el frio asiento de una de las sillas de plástico verde de la sala de espera de la UVI de la Residencia Nuestra Señora de Aránzazu en San Sebastián. A donde te han mandado haciendo pareja con un compañero que se apellida Borrega, y que viste un chaquetón de falso ante, con el interior y el cuello forrados con piel de falso borrego, y que de inmediato se despista con la peregrina disculpa de ir a buscar al coche lo último de Marcial La Fuente Estefanía, dejándote allí atado a la pena y a la pistola como únicos elementos de ternura en el paisaje solitario de tu ánimo, y con la absurda misión de proteger a quien yace ya tan desprotegido como extraviado en los senderos de fuego y sombra con que trenzó el plomo en él sus fúnebres designios.
Después, digo, de tener la sensación de que te ha alcanzando para toda una vida el silencio del cosmos. De pronto, oyes con todos los poros de la piel un sonido que se abismaba húmedo y ahuecado en el alma del silencio. Semejante en su sincronizada ejecución al que se produciría si la desangelada sala decidiese chasquear su enorme lengua, con la clara intención de llamar tu atención. Acaso solo consolarte en el regazo de su omnipresente eco. Fuese esa u otra su intención el caso que lo consigue, porque de inmediato dejas todo lo que sumido en la más pura indiferencia estabas temiendo y te centras curioso en él.
Así me sentía y así lo sentí en mí, y en ese sentir traté, en primer lugar, de adivinar de dónde provenía, lo busqué por ello ansioso en el temor de que no fuese sino una mala arte de la casualidad. Un universo efímero, en definitiva, capaz de esfumarse en el mágico misterio de ese súbito chasquido.
Que profunda sensación de desamparo me invadió ante el hecho de contemplar la sola posibilidad de que efectivamente aquel ruido fuese un mero accidente, la consecuencia de un hecho fortuito y que, por tanto, se ausentara dejándome solo en medio de aquella noche que se desangraba en silencios. Noche en la que el dolor estaba, pero también cuidado y tan convenientemente acallado por las miasmas de los anestésicos y los sedantes, que no parecía dolor.
Los hospitales son centros de esperanza, y la esperanza es, por lo que se ve, el primer cuidado que se dispensa, el primer diagnóstico que se explicita, la primera cura que se práctica y también el primer fármaco que se administra. Siempre, como es lógico, en el ámbito de la tácita confluencia de esperanzadas voluntades que en el solo acto del ingreso se concitan. Basta: una bata blanca, una camilla, una sala aséptica y desamueblada, una mascarilla, una botella de oxígeno, una vitrina atestada de medicamentos, una maraña de algodón, una mirada severa y fría, pero profesional de un médico o enfermera, y un saber esperar resignado en la esperanza de haber llegado aún a tiempo, sin que se haya extraviado para siempre el ritmo de ese corazón que nos duele lejos del pecho, para que se obre ese deseo al que gustamos llamar milagro. Buena prueba de que es así, era que allí y en aquella noche en la que había motivos, siempre lo hay en un lugar de esa naturaleza, para oír los gritos de angustia y desgarrados llantos de aquellos que caminan ya de la mano de la ausencia, sin embargo, no se oía nada y nada parecía pasar, pese a que realmente no era así, pues pasaba. Sin ir más lejos, a escasos metros de donde yo estaba se moría un joven guardia civil desasistido aún de sus padres y esposa. Es cierto que en él y para él todo era silencio, pero y el silencio de todos los demás, a qué podía obedecer sino era a esa suerte de consuelo cuasi administrativo.
Lo cierto es que el enmudecido grito del silencio era la única expresión de dolor capaz de hacerse oír. Y lo hacía con tal contundencia que llegaba a doler más que el herido. Tanto, que al final era la única herida que desde sus infinitas trayectorias sentías que te iba desangrando incluso de la mismísima rabia.
Pasado el inicial estremecimiento del inesperado ruido, el silencio sonó otra vez escondiéndolo todo a mí alrededor, pero ya no le hice caso. Me mantenía ahora expectante, no podía permitirme el lujo de que su atronadora presencia me llevase a desatender aquel otro ruido, que juraría que provenía de una gota de agua al chocar contra el suelo, de tal suerte que este me pudiera volver a sorprender sin que pudiera dar noticia de él, de su condición, de su bendita utilidad.
Busqué por ello abarcar con la mirada todo el espacio posible, mis oídos ya estaban en ese esfuerzo, la alerta era máxima, y en esa tensa posición me mantuve expectante, pero el sonido se hacía esperar, tanto que por un momento me resigné a tener que desistir, sin bajar por ello la guardia. La resignación no es en estos casos sino una forma más de flagrante obcecación. Tanto es así que al final la frugal paciencia obtuvo sustancioso resultado pues la gota volvió a caer, y esta vez el leve destello que produjo al entrar en contacto con la lánguida luz que entraba por el sucio ventanal del fondo la delató a medio camino entre el falso cielo del techo y el falso suelo que conformaba en su reverso otro falso techo de otro falso cielo.
La seguí a partir de ahí con la mirada, o tuve al menos la sensación de haberlo hecho, y la vi estrellarse seca contra el suelo deshaciéndose en un universo de diminutas gotas que iban empapando las gastadas baldosas.
Emocionado por el hallazgo hice memoria tratando de averiguar si ya estaba allí cuando llegué. Pudiendo comprobar por el profundo desgarro que el silencio había producido en mi interior, que no estaba. La sombra que se derramaba aún de esa enorme herida me hacía estar completamente seguro de ello. Pero ahora estaba, y era mía, y como lo era, seguí indagando en su curso. Levanté por ello los ojos al cielo y me encontré con el cielo raso. Lo rastreé concienzudo hasta descubrir, casi en el centro, una pequeña mancha en forma de flor cenicienta, a la que adornaba a modo de inquietante corola un pequeño orificio irisado de tonalidades amarillentas con que le distinguía el laborioso proceso demiúrgico del universo de la gota. De allí partía y prometía seguir haciéndolo.
Para ese momento ya había calculado la frecuencia de caída, su exacta verticalidad y la intensidad del impacto. Era dueño y señor de una gota de agua que era a su vez dueña del silencio y bajo ese arbitrario criterio la administré para mi consuelo.
El silencio, ese al menos, era sumiso al miedo, te hacía sentir desprotegido, vulnerable, como realmente lo estabas en medio de aquella enorme sala por la que de vez en vez circulaban hombres y mujeres embutidos en sus batas blancas, o vestidos con sus ropas de calle, escondidos en los bolsillos sus manos y en ellas sus verdaderas intenciones. Cualquiera de ellos podía ser tu verdugo, pues todos ellos sabían quien eres tú y que hacías allí, pero tú no sabías quienes eran ellos ni cuales sus propósitos. A ellos les sería suficiente con sacar la mano atada a la pistola y descerrajarte media docena de tiros, a ti adivinar que lo iban a hacer, y aún en ese supuesto no saber muy bien como actuar porque para poder matarlos sin castigo ni culpa antes de que te matasen, tenías que reconocer el arma, saberla auténtica, interpretarla como una amenaza cierta, descartar, en una palabra, el error, lo que te obligaba al imposible de ser cuando menos el doble de rápido que ellos. Detenerlos en esa fase no cabía, tanto ellos como tú os encontrabais, y lo sabíais, en un espacio de decisión que no admitía otra solución que no pasara sino por la mutua eliminación física. Era por eso por lo que no dejabas de mirarlos con ese elemental cuidado y ellos de sentirse molestos, si conociesen su verdadera intención se sentirían además aterrorizados. Perciben en tus ojos arrogancia, desafío, desprecio tal vez, el que merecían: pero era solo miedo. Y cuando sus pasos se perdían por fin al fondo de aquellos pasillos, volvías a quedar a meced del silencio que te desasosegaba en la soledad, advirtiéndote de lo inevitable. Y tú en respuesta lo mirabas desafiante y en cierto modo arrogante, tratando de hacerle saber que renegabas de su seca honestidad, y que, quisieras que se fuese, que se perdiera de inmediato para poder oír algo más que la brutal verdad que te acechaba. Lo exigías, entonces, lejos, en la absurda esperanza de que su sola ausencia conjurara todo peligro. Pero él se resistía e insistía, es de esa naturaleza: obstinado. Y para desbaratarlo estaba allí aquella gota voluptuosa y gigante, como las cortinas de un teatro, protegiéndote, poniéndote a salvo de la locura que te mataba ya antes de que te matasen.
Pero el miedo, como cualquier decaimiento, viene y va sin que uno acierte a saber el porqué. Preso de esa inconsciente valentía busqué retomarme en el desterrado silencio, más acorde y cabal con lo que la situación demandaba, porque, era cierto, no sentía un profundo pesar, ni un vivo dolor, tampoco tenía constantemente presente al moribundo, no obstante, me hallaba embargado por un extraña y desoladora sensación que me abocaba a la tristeza, la peor, la de no saber en realidad porque estaba triste. Y es que no había ya fronteras entre el dolor de aquel momento y los de los demás momentos de dolor vividos. Había ante mí un espacio de dolor y desprotección, del que no sabía muy bien si había de ofenderme o dolerme, o las dos cosas. Un espacio del que apenas sabía pero en el que me reconocía en todo momento y en toda situación.
Buscaba eso sí, alguna vez que otra, como sustraerme a esa neurótica tentación, recrear la secuencia de lo sucedido, reconstruir los pasos del Brigada Moisés Cordero y el guardia Antonio Pastor, también los del compañero herido de menor gravedad. Sus últimas palabras, el horror en sus ojos de las mortecinas luces del coche mezcladas con los vivos fogonazos de las metralletas. El dolor que pudieron sentir, y si este fue capaz en algún momento de sobreponerse en ellos al terror de saberse muertos. Y el silencio, siempre lo hay, por rápida que sea la respuesta de los demás compañeros, siempre hay lugar para él, no en vano es el negro margen en el que se escenifica la cesión del terror al horror, como universales testigos, que hacen los muertos a los vivos.
Las cosas no suceden siempre tal y como las imaginamos, lo sabía, y es que quizá no se habían dado cuenta de lo que sucedía, tal vez hablaban entretenidos cuando fueron derribados por la despiadada lluvia de plomo. Lo cierto es que pudo ser de tan diferentes modos, que podía uno imaginarlo como más le gustase. Por el contrario, el final era inamovible, siempre el mismo, cambian los números, en ese caso: uno muerto, el otro muriendo y el otro herido. Tres vidas yéndose en sangre, desangrándose a la vera de un caserón sombrío y en su sombra derruido. Por no pensar en esa tristeza ni en la gota, probé a pensar en otras cosas.
Los pensamientos en tal ocasión no son sino otra escala de ruidos a nuestro servicio. Porque en qué pensar que no sonara cuando el órgano que regía tal capacidad era esa indefinida víscera que te traspasa en todos los sentidos, impidiéndote hasta el elemental acto de respirar. Perdías entonces conciencia del cuerpo y notabas solo la ropa sujetándote en cada pliegue, en cada doblez, en cada arruga. Y no es que fueses nada, que no lo eras, es que te sentías nada, y tal vez te dolía la boca del estómago, pero no sabías donde estaba ni él ni su boca, porque todo tu ser se hallaba confundido en ese marasmo que te había atrapado entre sus garras de niebla.
El agua espantada de aquella gota se expresaba así, con esa contundencia, con esa indomable contumacia. Jugaba conmigo, era eso, como con nosotros juega toda esperanza infundada. Y aquella lo era, porque no se debe esperar, no es lógico esperarlo, que te pueda salvar del ruido del silencio otro ruido, por más que el martillo sea una gota y el suelo el yunque. Pero la cordura exigía esas excentricidades para seguir rigiendo en el mínimo grado aceptable y posible. De lo contrario habríamos terminado haciendo gala de algo más que una mirada desconfiada, habría encañonado a todos y cada uno de los que pasaron por aquella sala, para luego estamparlos contra la pared y cachearlos concienzudamente. Eso aunque resulte ilógico, era lo que la lógica más elemental exigía, porque era mi vida y la vida del que se moría la que ponía en peligro cada vez que me limitaba a observarlos en actitud vigilante, sabiendo que si su intención fuese ultimarnos, lo tenían al alcance de sus manos escondidas en los bolsillos. Manos ocultas, en muchos casos, con la sola intención de provocarte y así poder mostrarte como lo que no eras. Porque no era cuestión de chulería sino de supervivencia. A menudo pienso que si hubiésemos sido más reales, les habríamos hecho saber antes de que estábamos hechos y de que estaba hecho aquello con lo que jugaban indolentes hasta la nausea.
Se piensa, cuando se hace así, tan en precario, a golpes, sin orden ni concierto, porque no hay conciencia que resista la verdad de tan brutal mentira. La de parchear la angustia con lo primero que te viene a la boca: otra angustia.
La necesidad de pensar no conduce siempre al pensamiento, tal como se cree, sino que en muchas ocasiones lo hace al opuesto, a la negación del pensamiento, en favor, cuando no del recuerdo, de la mera ocurrencia. A esa excrecencia existencial le llamamos pensar, pero no lo es, es solo y tal como he dicho escarbar en el lógico intento de abrir trincheras en las que refugiarnos, en las que preservar la razón y poner a salvo sino lo más preciada de nuestras pertenencias, sí, cuando menos, la más tozuda a la hora de reivindicarse: la vida.
La angustia era infinita, cabía por ello en el ruido de una gota y en el de un pensamiento, porque solo lo infinito puede ser sin quebrarse del tamaño exacto de lo que demandan nuestras necesidades.
Llegabas a probar entonces con la oración, pero Dios se aburría en ti escondido tras la gota y la angustia. No en vano esta última encarna, al margen de espacio y tiempo, el único rasgo de rebelión aún no sofocado por él en el hombre. La angustia reclama sin tregua y sin atender a dignidad, decencia o regla, inmortalidad. Es por ello una impostura que supera el tamaño real de Dios en el hombre, usurpándole su poder y su infinita gloria. Un hombre angustiado no es un Dios pero sí el más firme aspirante, el más próximo en su escala.
Extenuado por la batalla respirabas hondo, como para una vida, e intentabas entregar las riendas del pensamiento a quien es por naturaleza de esa inasible esencia, y encontrabas que en ese acto no tenía lugar aquella gota que rompía implacable los pensamientos. Intentando sustraerte de su locura buscabas refugio en la lectura, pero la gota rompía el ritmo de las palabras. Fue entonces cuando comencé a abominar de ella, a repudiarla abiertamente. Llegando a maldecirla, a insultarla. Pero no había nada que hacer, ella era en ese momento angustia, y en ese ser yo ya no era sino un juguete más en las laberínticas palmas de sus manos grises. Al fin y al cabo allí en medio de aquella enorme sala no era sino parte del paisaje de silencio sobre el que reinaba. Aquel silencio del que ella me había salvado, para atarme a la tiranía de su voluntad. Ella también reclamaba inmortalidad, no en vano no era sino angustia en estado húmedo.
Las mentiras que te contabas y te cuentas para conjurar la angustia son concienzudas, no dejan cabos sueltos, para romperlas has de romperte, no hay lección, no cabe remedio, solo el bálsamo de la ciega inconsciencia te puede sostener sin cura gravitando sobre el terrible cráter de su herida.
Comenzabas, en un agudo escalofrío, a confundirla con lejanos pasos, sombríos rostros y aún más sombrías intenciones. Tomabas miedo en el miedo de su espantoso ruido. Fijabas tus ojos en el amarillento agujero implorándole piedad, y veías como se iba conformando lenta, muy lentamente. Comenzaba por ser una leve película que taponaba el torneado orificio, para ir luego adquiriendo cierto volumen, cada vez más, hasta que tras un sutil estremecimiento el peso acataba el principio de gravedad y se precipitaba perfectamente compacta hacia el suelo. Caía rasgando el aire silenciosa, y durante ese espacio te pasaba inadvertida, como si hubiera volado lejos, pero no tardaba en estrellarse contra el frío terrazo, para sonar otra vez como un trueno en medio de aquella sala de espera donde nadie esperaba, y también de la noche que se había detenido en el oscuro y triste ventanal del fondo. Un ventanal propio de suicidas, que daba a un desconchado patio interior al que no se asoman nadie sino era para mirar el vacío buscando saciar su desesperación, porque tras él estaba todo visto, y es que hasta las nocturnas sombras estaban en él de visita. Y volvías a levantar la vista para comprobar como se iba formando esta, y como volvía a caer y te volvía a encontrar y estremecer hasta más allá de lo soportable.
Una gota puede llegar a sonar como un martillo mecánico. Así lo hacía aquella gota que pérdida de la mansa y silenciosa lluvia en que nacía, se vertía inclemente y contradictoria en aquella fría sala de espera de la Residencia, tras un mágico viaje por un dédalo de falsos techos.
Más que sala era un enorme hueco donde desembocaban varios pasillos, uno de ellos llevaba a la pieza de la UVI, en la que agonizaba un hombre joven. Los que lo conocían de la Academia le llamaban “El Legía”, por haber hecho el servicio militar en ese Cuerpo: “Legionarios a luchar, legionarios a morir”, las estupideces por más que mediaticen nuestra existencia y hasta nos gobiernen en lo solemne y lo cotidiano, a la hora de la verdad no es difícil colegir que no son sino eso: estupideces, y que, por tanto, jamás adquieren sentido, y aquella lo era en grado sumo. Porque hora que de verdad se moría, ya no era una fiesta, ni un honor, era sencillamente algo que dolía. Ahora, despojado del uniforme y de la gloria, desnudo y abatido, gritaba su verdadera naturaleza: era de carne, tenía familia, esposa, amigos y un hijo pequeño, tan pequeño que al contrario que los demás aún no guardaba memoria de él.
Trabajaba como guardia civil y había llegado esa misma mañana al Puesto de Herrera, en Guipúzcoa, su primer destino, una vez disfrutado el permiso de incorporación y tras haber superado el curso en la Academia de Úbeda. Sin deshacer aún las maletas, había entrado de servicio a las veintidós horas, y a las veintidós cero cinco, cuando salía por la puerta junto al brigada Comandante de Puesto y otro compañero, fueron ametrallados por los ocupantes de un vehículo que sin llegar a detener la marcha se perdió luego a través de aquella inmensa maraña de complicidades en que se movían los terroristas.
La culpa no tiene hora cuando se es culpable ya antes de haber disfrutado de la posibilidad de tenerla. El brigada murió en el acto, él fue alcanzado por, al menos, ocho balas que le rompieron literalmente el vientre, y el tercero, más veterano y pertrechado con un chaleco antibalas, sufrió una herida en una pierna.
En ese impreciso y fugaz instante en el que cabe una ráfaga de metralleta, “el Legía” comenzó a perder sangre, y en ella a derramar esa vida que se le iba inadvertida en la gota que se formaba en el falso techo de sus entrañas y se perdía sin ruido por los rincones de su carne y las gasas que drenaban sus heridas. Dónde sonaría esa sangre que no fuese en el corazón de todos los que le querían, y que no lo hiciese fuerte y dura como la gota de agua en medio de aquella solitaria sala.
No hubo algodones suficientes, ni llovió sangre suficiente pese a que le suministraron más de catorce litros de la donada por muchos compañeros en su intento de que dejase de gotear vida.
Al final se le fue la vida en sangre, la vi conformarse y perderse en una caída que solo sonó dura cuando la tapa del ataúd la selló, certificando a la vez su muerte.
Luego las lágrimas de su mujer y de sus padres se conformaron en las orillas de los ojos, y cayeron sobre la superficie pulida del ataúd haciendo también ruido. Pero a mí me sigue doliendo aquella gota que durante toda la noche oí caer machacona hasta la locura horadándome parsimoniosa el ánimo.
Como sería su saña, que le puse un periódico debajo, convenientemente doblado, y lo traspasó, le puse poca atención y la traspasó, puse más tarde tierra por medio y la traspasó. Mientras estuve allí caminé de un lado a otro buscando desorientarla, pero una y otra vez me atrapaba inmisericorde. Allí donde estaba, estaba ella, y aún hoy que no estoy, sigo estando y la sigo oyendo. Ella es la memoria de una vida que se iba gota a gota sobre una cama de la UVI, sin más consuelo que el de saberse inocente, inútilmente inocente.
La vida como la culpa es tan corta que a menudo apenas te da tiempo a llegar. Él llegó aquella mañana y a las diez de la noche se fue gota a gota en un río de sangre y silencio. Para sonar ya estaba la gota y mi sofocante neura que, en medio de la noche se torturaban mutuamente, mientras se nos iba también a uno y otra un algo de vida.
Lo habían matado, me habían matado, nos estaban matando, tardé demasiado tiempo en entenderlo, el silencio era mucho, el ruido era mucho, aquella certeza debió bastarme para levantarme e irme por donde había venido. Pero lejos de hacerlo me mantuve allí tal como se me había ordenado, velando su agonía. Y en cierto modo enrabietado por la desvergüenza del ausente Borrega, con su pelambrera de falso vellón, y su chaquetón de falso ante, con su cuello e interior forrado con falsa lana de borrego. No llegué a saber donde fue con su atuendo falso y su falsaria excusa seudoliteraria.
Si bien es cierto que no son pocas las veces que he imaginado que tal vez aquel inesperado comportamiento nos salvó a ambos de morir en aquella sala. Porque los terroristas nos sabían por pares y allí solo estaba el “nones” de turno, sin su par, por lo que no le salían las cuentas, y en esa duda es posible pensar que decidieran abandonar sus fúnebres planes.
Recuerdo eso sí, que hallé, en aquellos que vinieron a relevarme y de los que no recuerdo ni sus caras ni sus nombres, testimonio de vida, y en ella una oportunidad inmejorable para resucitarme.
Nada más entrar en el cuartel, supe de lo oficial de su muerte, certificada minutos después de que yo hubiese abandonada aquella sala. Y también que a primeras horas de la tarde habría de estar convenientemente uniformado para acudir al funeral, no me apetecía lo más mínimo, pero así lo hice porque así se me ordenaba.
Creo que Borrega también estuvo, vestido esta vez de un verde tan falso como el mío.

METAMORFOSIS

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Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.

A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.

Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden ni aun cuando sobran sillas.

Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.

A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas. Fue en ese instante cuando lo oímos caer con el sonido justo: ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.

A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron rápidos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros vertiginosos y bruscos, movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca retomarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.

La representación se desenvolvía magnífica.  Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con grosera indiferencia, mientras, otros, de la mano de esa misma e insana inclinación, buscaban ignorarlo de la mejor manera. No queríamos saber de lo que era capaz: era eso. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre, de todos es sabido, se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con atención rayana a la devoción. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Y también él, como todos los demás, presentía que la interiorización de esa evidencia conduce inevitablemente al desaliento. Por ello, no crecía en su rostro, como debiera, el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Lo hizo sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.

Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su enorme talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.

No conseguí el papel, pero aprendí qué no es tanto lo qué hagas o cómo lo hagas, qué el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.

José Alfonso Romero P.Seguín.

 

 

BAJO SECRETO

Tuerca 

Mis ojos se perdieron en el corazón de la niebla.  Clavados al fondo, deje de verlos.  No me asuste, no son ni niños, ni tampoco tontos como dicen que soy. Ellos conocen de memoria el camino de regreso, por él volverán,  lo hacen siempre. Lo harán, eso sí, jadeantes y cansados, como perros de caza después de una larga correría tras la presa.

 También vuelven cuando caen en la turbulenta corriente de un río o en un abismo de nubes o en un mar embravecido o en un precipicio o en las lágrimas.  Y en ese último caso si que semeja un verdadero milagro el que regresen, porque en esos momentos sientes físicamente como se van diluyendo en el mar del llanto, como van velándose en su interior las imágenes hasta dejarlas vacías, vacías y solas, tanto como lo están esas conchas de caracol que se pudren abandonadas en medio de la espinosa soledad de los zarzales. Sí señor, profundamente solos con nuestro dolor, y cuando vuelven los recibes con la alegría con que se recibe el presente de un verdadero milagro, como es el de permitirnos volver a mirar.

Por otro lado, nada hay que temer, la niebla no se los queda, para qué los quiere, ella es ciega por voluntad propia, se arrancó los suyos para no sentir miedo al rodar monte abajo.  Y es que hay que ser extremadamente indolente para hacerlo con la despreocupación que ella lo hace.  La prueba de que es así, es que no se sirve ni de los míos ni de ninguno de los muchos que va atrapando ladera abajo. Es por ello frecuente verla avanzar imparable con su marea de ojos olvidados prendidos en la solapa. 

Ojos olvidados y lacrimosos, ojos de perro enfermo, sí, eso, ¡eso mismo!, de perro enfermo y viejo.  Ojos de perro y de abuelo, ambos al final de la vida: cansados, mórbidos y llorosos.

Ojos del abuelo que, al contrario que mis ojos, se perdió para siempre camino de algún lugar al que llamaba con voz afligida: “¡Dios mío!”.  Se fue atado a la cola de un puñado de nubes grises que corrían altas por un cielo desquiciado, dormitando en una caja demasiado joven para él.  Me habría gustado hacerle una caja como él se merecía, de maderas viejas, que oliera: a flores secas, manzanas maduras, desvanes antiguos y nubes deshilachadas. Le gustaban tanto. Pero en ese tiempo yo  no podía saber, no debía saber, porque sólo así me era permitido mantener el precario equilibrio de mi mundo.

Ya está aquí, la niebla digo.  La siento, fría y blanda, en cada golpe de aliento. La siento, caricia de silencio, sobre el rostro.   La siento babosa de cien mil ojos, mojando las cuencas vacías de mi humilde par.

Me quedo entonces más que quieto, ensimismado, y oigo que dicen algunos: “Está como tonto”.  Y afirman otros: “No es tonto, es sólo un poco retrasado”.  A mí la verdad es que no me importa lo que digan, es más, quiero ser tonto o retrasado, lo necesito, serlo, me es hoy, aún más que ayer, vital.

Pienso, eso sí, y no sin angustia, que si yo tengo que realizar este brutal esfuerzo para mantener el equilibrio de mi diminuto mundo, qué no tendrá que hacer Dios para mantener el orden de su infinito universo.  Debe ser aterrador ser dios.  Me pregunto, si sentirá como yo el peso blando de la niebla y de su padre sobre sí,  ambos jadeantes y pastosos.  Si sentirá la carne de arcilla  reblandecida endurecerse en ese punto de fatal desequilibrio en el que reside la hombría. Endurecerse tanto que llega a hacer daño ya antes de hacértelo.  Y si será por no estropearlo todo por lo que se ha sumido, como yo, en ese profundo silencio en el que ambos habitamos.

Dios también es “tonto” y “retrasado” a decir de los que en la angustia del desesperado ruego  lo presienten, sin paciencia, embobado en sus cosas, ajeno a sus cuitas y pesares, indolente en la insolencia de su inclemente silencio.

La niebla, cuando pasa, me lo recuerda, a mi padre digo. Pero no la odio, tampoco a él, ante ella me dejo hacer, igual que ante él.  Me dejo hacer y la siento y lo siento jadear blando y sudoroso sobre mi cuerpo.  Y siento la dureza de su miembro golpeándome, rompiendo el tierno hechizo del abrazo, convirtiéndolo en algo horrible, y presagiando lo peor, lo que está por venir.

Las cosas que hacemos nacen en nuestras cabezas, lo sé, aunque lo calle, y se expresan en cada uno de nuestros órganos.  Podía parecer por ello que podemos elegir hacerlas o no hacerlas, pero a menudo y pese a intentarlo no podemos, porque algo que está dentro de nosotros nos derrota.  En algunas ocasiones cojo una hormiga y trato de acariciarla con ternura, pero no puedo, no le caben las caricia.  Lo intento una y otra vez, pero no hay manera, y me desespero de tal modo que me dejo ir y termino por triturarla, con fuerza y rabia, entre los dedos, sólo así acierto a sentir que la acaricio hasta hacerla llorar, llorar tanto que al final  siento asco, asco y pena. Y comprendo entonces que no debí hacerlo, sabiendo por otro lado que a la hora de elegir no tuve elección.

A mi padre le sucede conmigo lo que a mí con la hormiga. Pierde la cabeza, lo sé, él quiere tener otras cosas en su cabeza, por eso me abraza con ternura, me da afectuosos golpes en la espalda y me besa en las mejillas.  Luego se aparta y me mira de lejos, y lo hace porque sé que él quiere ser así, y como lo quiere, otras veces sólo me pasa la mano por la cabeza y me enmaraña el cabello, y me dice: “¡Mi niño!”.  Me quiere y así lo siento.  Siento su cuerpo blando como una nube pegado al mío, y me dejo ir, me pierdo en él.  Es entonces cuando se despierta la fiera, cuando siento en un punto el latigazo duro de algo insignificante en relación con el volumen de su cuerpo, y todo empieza a ir mal entre los dos.  Todo se rompe, él trata de mantenerse dentro de la ternura, pero siento que no puede, y es así como deja de ser mi padre para convertirse en mi pesadilla.

Es verdad que ya no ocurre con tanta frecuencia como antes, como cuando era pequeño. Entonces lo hacía más a menudo.  De todos modos la sensación para mí es la misma.  Ya no recuerdo cuando lo hizo por primera vez, no sé siquiera si la hubo, sino fue así desde siempre.  Sé, eso sí, que lo que describo ocurre desde que tengo memoria.

Mi padre es bueno como el pan, me quiere y me gusta ir con él allí donde va, y que me abrace, sólo le temo a la dureza de ese corazón con forma de puñal que me rompe: que nos rompe.

Ahora que la niebla pasa, estoy apoyado sobre el duro tronco de un pino y no puedo evitar que me lo recuerde, y como me lo recuerda, siento miedo, miedo y rabia.  Pero la niebla pasa, se va perdiendo monte abajo.  A ella, no hay árbol que no la quiera en toda la ladera, y, sin embargo, también la van acariciando y atravesando crueles las ramas que se encuentra en el camino.

Mi abuelo, como ya dije, se fue en una caja nueva que olía a pintura, me temo que el pobre no va a estar a gusto allí donde este, por muy ¡Dios mío! que se llame.  Debí hacerle una caja que oliera a manzanas maduras, a flores secas, a desvanes antiguos, a nubes deshilachadas: le gustaban tanto.

Él, no sé por qué, no me acariciaba, me miraba solamente y sonreía.  Él sabía mucho y también me quería mucho, lo sé, quizá por eso no me acariciaba.  Pero se murió, como también se murió madre, y ambos lo hicieron cuando más los necesitaba.

A mi madre en cambio la enterraron en la caja que se merecía, incomoda y sin esperanza de poder guardar en ella sus cosas de la costura; y es que no debió hacer lo que hizo y después hacer lo que me hizo: Morirse.  Ella fue la que denuncio a mi padre.  Yo era entonces muy pequeño.  A mí padre se lo llevó la Guardia Civil un lugar al que llaman justicia.  Y así fue como me quede con ella y el abuelo, y luego ella y el abuelo se murieron y me dejaron solo en medio de la niebla.  Al abuelo se lo perdono, era muy viejo y llevaba mucho tiempo esperando irse a ¡Dios mío!, demasiado para quedarse una vez tuvo ocasión de hacerlo.  Pero ella no tenía que haberse ido de mi lado, porque ella no tenía ningún lugar, ni ningún dios a donde ir, su sitio estaba junto a mí: su dios.  No lo digo yo, lo dijo ella, se lo dijo a mi padre cuando él le pidió por Dios que no lo denunciara. En ese momento ella le respondió altiva en su maternal coraje: “Yo no tengo otro dios que mi hijo”.  No me lo invento, lo pronuncio ella, como quien pronuncia una sentencia, la que luego fue.  Claro que él también le prometió que no lo haría más, sabiendo que no podría cumplir, aunque se lo pidiese el mismísimo Dios.  Yo se lo pedía a Dios algunas veces, pero Dios…yo qué sé…el caso es que mi padre, pues eso, igual…

Dice mi tía Andrea, muy amiga de decir, que mi madre se murió de vergüenza y de pena, una enfermedad que sólo mata a las madres.  Y yo digo, y ahora aún más, que sólo mata a las personas que les encanta morirse.  Porque él no quiere morir, él se resiste a morir, respira por ello como la niebla por todos los poros de la piel, y yo lo miro, lo miro sin compasión y me abrazo a él, y siento como su cuerpo de niebla se va enfriando lentamente bajo este manto gris en que me encuentro perdido.

Cuando ella lo denunció también me llevaron a mí, era pequeño, pero me llevaron, lloraba, pero me llevaron, fueron los batas blancas, desde aquel día siento ante ellas una profunda desolación. Pareja a la que siento ante las blancas paredes de los corrales y los negros muros de los penales: esos que no te dejan ir, que te retienen, que te miran desde todos los ángulos. No eran tela, no señor, eran piedra, cal y sombra, como las paredes, como los muros. Podían haber sido la amable desatención de la niebla, esa infranqueable fortaleza capaz de desorientarte, de atraparte, pero a la vez de ocultarte, de permitirte ser ella. Parado frente a la pared o el muro no eres más que un insecto aplastado sobre el cristal, del que todos se compadecen. Sin embargo ella habilita espacios para tu anatomía y tu alma. Ella guarda, mejor que ellos, el más fiel de mis moldes.  

Recuerdo sólo sus batas, creo que risueñas, falsamente dulces, terriblemente impregnadas de un olor frío y descaradamente extraño a cualquier olor natural, y tan ajenas, por tanto, a las fuerzas de mi mundo que me daban miedo.

Con ellas de la mano me perdí por tibios pasillos sin final, que se perdían en otros idénticos, flanqueados todos por innumerables puertas también blancas, que daban paso a idénticos cuartos, amueblados como para una pesadilla.  Pasillos y cuartos que olían a desinfectante y a algo que me llenaba de pena sin dejarme conocer el porqué.

En esas estancias tibias y repetidas fui, durante días, manoseado sin pudor alguno.  Luego comenzaron a preguntarme. Quise callar, y lo hice en todo aquello que me interesó.  Me preguntaban si le tenía miedo a mi padre.  Y les conteste que no, que mi padre era blando como un puñado de niebla, ellos no lo entendían, no querían, se les notaba a la legua.  Para ellos era sólo un jodido energúmeno.

Pude contarles como me abrazaba, como me acariciaba, como me miraba.  Como lo hacía como padre y también como lo hacía cuando se perdía en el filo de su navaja y me dolía.  Pude contarle todo, pero, para qué querían ellos saber, para qué compasión, para qué solución.  Para demostrar su culpa, decían.  La culpa, era sólo eso, ¡la culpa!, una curiosidad como otra cualquiera.  La culpa les iba a servir a ellos para que mi padre fuese a la cárcel.  A mi madre para morirse de pena y a mi abuelo para no regresar jamás de “¡Dios mío!”.  Aunque, he de reconocerlo, la culpa tenía en ese momento capacidad de ordenar o desordenar mi universo.  Hoy, en cambio, que todo se ha estrellado, que todo se ha roto a mi alrededor, hoy, que piso y puedo oír crujir el camino bajo mis pies, y sé que no son fragmento de retamas ni de arenas, sino de mi vida, hoy digo, la culpa me trae sin cuidado.  Y de hecho me trae, y de hecho, soy culpable.

Recuerdo que de noche me asustaba el ir y venir delirante de las ratas y ratones sobre las podridas maderas del falso techo, y a lo lejos el ladrido abrasador de los perros, y ya más cerca, encima de mí, el viejo crucifijo de la cabecera de la cama, lo miraba en la oscuridad y me aterraba. Se lo conté, pero eso no les importaba, para ellos eso no violaba nada, ni madre se moría de vergüenza, ni mí padre iba por ello a la cárcel.  Sin embargo, el que él me quisiera tanto durante tanto tiempo y me hiciese daño durante sólo unos instantes, era un pecado terrible.  De nada importaba que otras muchas veces él me cogiera de la mano y me llevara con él al campo, y me enseñase a sembrar trigo, que cazara para mí mariposas de colores y que me hablara de los árboles y de los pájaros.

Cuando chupas un caramelo, el dulce te llena amable la boca, no es verdad, pero sabes que irremediablemente vas a llegar al palo, que en algún momento vas a sentir el palo, duro y seco hiriéndote.  Y es entonces cuando lo maldices, ¡verdad!, cuando olvidas sin más la otra parte, la buena, o por el contrario te centras en la parte buena, o para ser del todo justo, tratas al menos de situarte en un punto intermedio.  Los hombres y mujeres que me invitaban a hablar, a dibujar, a escribir, querían que les hablase del palo, sólo del palo.  Pero yo tenía mucho que decirles sobre el sabor dulce de la bola de algodón de azúcar que también estaba.  Por eso me calle para siempre. 

Les miraba, eso sí, pero en silencio.  Quería que vieran, que leyeran en mi alma, por sus propios ojos, lo que yo no podía explicarles con palabras.  Pero no vieron.  Tal vez no tenían ojos pese a alardear de no perderlos nunca, o estuviera mi alma cuajada de niebla.

Después y como ya he dicho, me devolvieron a casa, y madre se murió, y mi abuelo también, la una de vergüenza y de pena, dicen, y el otro porque deseaba irse a un lugar que él llamaba “¡Dios mío!”.  Y yo me quede callado, como un tonto, dicen los tíos y las vecinas, oligofrénico dicen los batas blancas.  Pero no me importa, es más, me alegro, porque eso me va a permitir ser niño para siempre.  Ser niño es un oficio hermoso.  Así podía ir a ensimismarme en las cosas que ocurren en el monte, y de la mano de mi padre a las fiestas.

Pero la niebla viene todos los días, y con ella, cosas nuevas, unas buenas y otras malas.  Y mi padre se ha enamorado de otra mujer, una mujer que no huele a madre, que no huele a nada, porque huele a perfume.  Una mujer incapaz de morirse de vergüenza.  Y según mi padre, quizá tengamos que irnos a la ciudad. Y yo no quiero irme, y se lo he dicho.  Él sabe que puedo hablar más allá de un si o un no, nadie más lo sabe, pero él sí.  No sabe en cambio que tengo en el bolsillo la navaja del abuelo, ¡no!, eso no lo sabe.

 “No te puedes quedar”.  Me dice serio, irritado casi, como si ya no fuese él.  ¿Por qué?, le pregunto.  Me dice: “Porque no estas…”.  No se atreve a continuar, él sabe mejor que nadie para que estoy y no estoy capacitado.  Me quedó, le digo: “Te vienes”, me responde tajante.  Luego se me acerca, y me da un abrazo.  Vuelvo a sentir su cuerpo de nube tibia pegado al mío.  Me siento bien, tanto que por un momento pienso que quizá debería acceder a ir con ellos. Él me besa con dulzura en la mejilla.  Luego sus labios se detienen en mi cuello,  siento con más horror que asco, aletear su nariz, y de inmediato, abajo, el ardiente puñal.  ¡No!,  grito.  Pero él no hace caso. 

Meto la mano en el bolsillo del pantalón y cojo la navaja.  La niebla rueda monte abajo grande y gris como el cielo caído que es.  Perdidos los ojos en ella, la abro y siento sobre mi piel el frío relámpago del acero.  Él distraído en su locura, no la ve.  Muevo hacia atrás el brazo y comienzo a golpear su cuerpo con la aguzada hoja: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis….  Se la clavo hasta que lo siento frío y pegajoso entorno a mí.  Lo suelto entonces y cae al suelo como un pesado fardo de niebla.  Como lo que ahora es.

A la mañana siguiente vinieron a buscarme tres guardias y varios batas blancas.  Pero ahora ya no les tenía miedo,  ahora sabía que era dueño de mi silencio, que me era permitido algo más que callar: no saber nada. 

En la simple sospecha de que no regía en mí la razón sino la fuerza de la costumbre, me llamaron con la estúpida reiteración con que se llama a un perro o a un gato, buscaban sin duda despertar la atención no de mi razón sino de la costumbre.

Cuando me canse do oírlos, me acerque a ellos despacio, al fin y al cabo sólo quería que se callasen.  Recuerdo que me trataban como si estuviera definitivamente perdido, y se conformaban por ello con una mirada cansada y ausente. Ya no soy para ellos ni siquiera un niño, soy sólo un tonto, en ocasiones, peligroso.

José Alfonso Romero P-Seguín.

 

 

 

EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA

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C.Amapolas

Cumplida aquí nuestra presencia,
las manos se nos llenan
de delirantes y convulsas sombras,
reflejos de trabajos y orígenes remotos.

Oscuros dibujos de cabalísticos presagios,
tatúan para un suspiro,
el magnánimo espejismo
de esa metafórica alma que se aleja
de donde nunca estuvo.

En el pecho,
el corazón exhala el milenario grito
de tan atávico ritual.
Cuántos son los que han muerto,
pues en tantos, imperecedero e invariable
el destructor alarido
que rige sin misterio los destinos del universo.

El rostro se marchita para siempre
en la melancólica catarata de tristeza
que opaca los ojos,
a la par que se acalla todo rumor
en nuestra entrañas,
para que el sepulcral silencio
dicte por terceras bocas,
su implacable sentencia,
¡muerto es!

Le llamamos muerte
al hecho en sí de ausentarnos,
y nos da tanto miedo y tanta pena,
que nos pasamos la vida ausentes
por la angustia
de tener un día que ausentarnos.

Morir, sería una magnífica disculpa
de la culpa de no vivir,
si no fuese un imposible
pensar en huir de esta culpa sin culpa
ni disculpa, que nos culpa a vivir.

Y es por ello
que hemos inventado la muerte
con la que equivocar
accesibles y cercanas calles,
estancias y corazones,
con lejanos y herméticos universos,
para tener así la esperanza
de que un día nos morimos,
aún sabiendo
que la muerte es sólo una forma más
de ausentarse,
de estar ausentes.

Otras serán entonces las realidades,
otras las conciencias.

Pero eso a quién le importa,
si no morimos, ¿qué somos?,
si sólo nos ausentamos
¿de qué estamos hechos?

Si en verdad sólo estamos ausentes
¿cuándo volveremos a ser
eso que ahora somos?

¿Si somos irremediablemente eternos
de qué vale la eternidad
que con tanto desatino y trabajo
hemos ido forjando
a la sombra de nuestras esenciales miserias?

Hemos de morir, aún sólo en el vano
acto de formular tal deseo,
para que sea
en nuestro débil ánimo,
definitiva la ausencia,
esencial la memoria
y posible el consuelo.

LA CARRERA

Carrera 3

La mano alzada, la luz verde, el irritable parpadeo de los intermitentes, el cegador destello de la luz de freno, la prisa sin ganas, el rudo tacto de otra mano disputándote la manija, la mirada dura y sostenida, el duro reproche, la tentación de los más soeces insultos, la velada amenaza, el estridente portazo, el desganado encogerse de hombros del conductor desentendiéndose de la disputa; el sólido humo del tubo de escape ahogándote, la noche caída y su sombría angustia, la velada maldición mirando con desplante al cielo, el seco zapatazo de rabia sobre la silenciada y paciente acera, los ojos clavados en el final de la calle, la esperanza de una nueva oportunidad.

Y otra vez la luz verde, y otra vez la mano alzada, y otra vez la tensa urgencia, y otra vez el amargo sabor de saberte ganador; y otra vez sentado sobre el ajado y sucio asiento, y otra vez oliendo a ambientador de pino descarnado, y otra vez las mismas palabras, la misma dirección y el mismo ritual de ruidosa mecánica; y otra vez el mal disimulado escrutarse buscando exorcizar temores, y otra vez el marchar a trompicones por una avenida cuajada de coches, y otra vez la mutua proposición de itinerarios alternativos buscando uno saber si sabe y el otro hacerle saber que sabe; y otra vez los continuos insultos del taxista, y otra vez su mirada buscando complicidad en tu mirada, y otra vez mirar sin curiosidad la heteróclita naturaleza de los objetos que decoran el interior y que sin duda definen la suya; y otra vez hablar de las inclemencias del tráfico y los desatinos de la meteorología, de las chapuzas de la alcaldía y los fracasos del club; y otra vez el incesante alarido de las sirenas, y otra vez el silencio manchado por la luz derretida de las farolas, y otra vez el sincronizado parpadeo de los semáforos, y otra vez el irritante tictac del taxímetro desgranando monedas, y otra vez mirar el reloj y mirar las aceras buscando reconocer en un rostro o en un escaparte un lugar que sabes aún lejos; y otra vez un coche de policía encalando de azul un oscuro callejón, y otra vez las prostitutas acodadas a la barandilla del puente, y otra vez las melancólicas sombras de los solitarios navegando atadas a la pena de un libro de amarillentas pastas; y otra vez el monótono y deshilachado desfilar de las miles de cenicientas flores de neón con que la ciudad engalana su particular cielo, y otra vez el tedio de transitar por una ciudad diminuta que se repite sin asco hasta semejar infinita, y otra vez de vuelta de todo volviendo a todo; y otra vez dos hombres perdidos en la inmoralidad de un corazón de chapas buscando ignorarse a través de un vasto mar de inequívocas señales; y otra vez saber que a lo mejor lo peor es aún mañana, y otra vez y siempre como en un laberinto, como en la esperanza de un condenado a muerte, como en un hito inalcanzable,  la carrera, la inevitable carrera.

José Romero P.Seguín