LUZ DE AHUMADA

En memoria de Antonio Gómez Ramos y Aurelio Navío Navío, guardias civiles asesinados por ETA, tras un heroico y desigual enfrentamiento. Su valor, entrega y espíritu de sacrificio representan cumplidamente a los 245  compañeros asesinados.

 

El General Francisco Javier Girón Ezpeleta, Duque de Ahumada y Marques de las Amarillas, yergue su noble cabeza, inclinada hasta ese momento sobre la regia mesa de nogal que preside el despacho. Está escribiendo. Aprovecha ese gesto para ojear con grave ternura el puñado de pliegos de papel de barba que contienen, en su elegante caligrafía, el articulado en el que viene trabajando a lo largo de los últimos meses. Sostiene entre sus dedos el aseado útil de escribir. Eleva la mirada al techo buscando inspiración en lo divino, de lo humano nada le resta que poner, todo cuanto su entendimiento alcanza ha sido entregado. Se ha vaciado en la empresa, en el convencimiento de que cada una de las palabras allí escritas deben constituir un concepto que a su vez ha de conformar un rasgo del espíritu del recién creado Cuerpo de la Guardia Civil.

Redacta la que va a ser la espina dorsal del ser y existir moral y ético de la Institución y, por tanto, de cada uno de sus miembros. La piedra angular sobre la que ha de girar su vida y el servicio. El baluarte, en fin, en el que mantener íntegro su prestigio y reconocimiento.

No es un reglamento más, y lo sabe, y así se lo ha hecho saber a Narváez, a la sazón presidente de gobierno. Toda vez que este le exhortara mediante afectuosa carta a dar por concluido el mismo. Habida cuenta de que el gobernante intuye lo que el general sabe, que ese reglamento va a ser el broche final en su puesta de largo.

Porque es así, le responde el general, en sobria, pero cercana, misiva:

Estimado presidente:

 Entiendo que tan trascendental asunto inquiete tu ánimo, en la medida, que turba y perturba el mío más allá del mero deber. Y es que no es cuestión menor la ausencia de un reglamento acorde con las necesidades que inspiran la puesta en marcha de este novísimo y honorable Cuerpo de servidores de la Patria.

Sin embargo, y tal como le expuse en mi última entrevista a tu antecesor, el ínclito González Bravo, de quien recibí tan honorable encargo, entiendo que antes de la mera logística, y aún de la importancia que entraña su correcto despliegue territorial, y si me es permitido afirmar hasta del mismísimo cumplimiento de su sagrada misión, está, la exacta redacción de un precepto capaz de conjurar las debilidades que minaron la confianza, la efectividad y el prestigio de las Milicias Nacionales. Y que terminó por ser amarga tumba de la regía disciplina militar, vilipendiada, degradada y acaso fenecida en manos de desidiosos mandos intermedios destinados en lugares remotos y fuera, por tanto, de la rigurosa supervisión y control de las más altos estamentos de dirección y mando.

La Guardia Civil ha de nacer y atenerse por ello no a una ordenanza al uso, sino a un código moral capaz de moldear y bordar su conducta con los dones del honor, la fidelidad, la honradez, la honestidad, el valor y el espíritu de sacrificio. Virtudes todas ellas capaces de granjearles entre la población a que sirven, no solo el respeto que les deben y ellos han de imponer con su sola presencia, sino la más sincera admiración y agradecimiento. Han de ser siempre, Presidente, pronóstico feliz para el afligido. Para ello, y como digo, esos valores han de enraizar en la voluntad y entendimiento de sus componentes. Para que sean guía y mentor de sus actuaciones cuando esté presente el mando, y también cuando aislados y hasta diezmados no hayan de responder sino ante ellos, Dios y la Benemérita Institución a la que sirven y representan.

Sin más, se despide tu seguro servidor”.

Alegato que el presidente entendió conocedor de los demoledores efectos que la ausencia de esas virtudes habían causado en los componentes de las instituciones aludidas.

Don. Javier Girón, volvió su mirada a la mesa, donde reposaba la Circular redactada y publicada el 16 de enero de 1845 y que le había servido de base para ir dando forma y cuerpo a la que sería la Cartilla de la Guardia Civil.

 

Trece de julio de 1980, polvorín de explosivos Río Tinto, en Aya, Guipúzcoa. Tres coches de la Guardia Civil, se disponen a regresar al cuartel después de haber sido relevados tras una agotadora jornada de vigilancia en el interior del mismo.

  1. Javier Girón lee emocionado: “El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil (…)”

Ese día el relevo se ha demorado más de lo habitual y los guardias salientes acusan, sin sombra de queja o atisbo de contrariedad, el cansancio físico y psíquico en sus rostros. Aun así, y tal como he dicho, no se cruzan ni dirigen entre ellos reproches, ni malas caras, todos saben que la necesidad de cambiar constantemente de itinerario les obliga a realizar largos desplazamientos. Que el retraso, en fin, no se debe a la desidia de sus compañeros, sino a la inexcusable exigencia de la seguridad, al ineludible imperativo del servicio.

Don Francisco Javier lee: “Las vejaciones, las malas palabras, los malos modos y acciones bruscas (…)”

Los jefes se han dado novedades y hecho las advertencias que la delicada misión encomendada demanda. Los compañeros sin desatender la labor de vigilancia se han celebrado con bromas y muestras de sincero afecto.

Las duras condiciones en que han de desempeñar el servicio, y la desafección hacia ellos de gran parte de esa sociedad a la que sirven, les ha llevado a fortalecer aún más los naturales lazos de amistad y compañerismo que imperan en la Institución. Se saben más necesarios que nunca. Y no solo porque la continua y efectiva vigilancia de cada uno de ellos sea la seguridad de los otros, sino porque en lo humano, han de ser mucho más de los que son, para así superar ese injusto rechazo. Ese mal disimulado desprecio de unos hombres y mujeres, sumidos en la cobarde obediencia a que les aboca el terror con el que les somete tan sanguinaria organización terrorista y su red de delatores y miserables cómplices.

  1. Javier Girón lee: “siempre fiel a su deber, sereno ante el peligro (…)”

El vehículo que encabeza el convoy, compuesto por tres vehículos Talbot 150, es conducido por el guardia D. Antonio Gómez Ramos, lo acompañan los guardias D. Jesús Díaz Blanco y D. Aurelio Navío Navío.

El portón se abre ante ellos. Atrás quedan sus compañeros, mirándolos serios y preocupados. Los desplazamientos en estos servicios fijos son sumamente peligrosos. Y es que por más cambios que realices en la elección de itinerarios, al final han de entrar y salir por puntos fáciles de controlar y propicios, por tanto, para una emboscada.

Antonio, con motivo de comprobar si le siguen los otros vehículos, alcanza a atisbar a través del espejo retrovisor, como en un mal presagio, la sombría gravedad de sus semblantes.

La grava del camino gime lastimada bajo las ruedas de los coches. Los sentidos alerta.  Las armas en posición de defensa, prestas a repeler una posible agresión. Las ventanillas bajas. La mirada escudriñando el paisaje, interrogándolo casi sobre las criminales intenciones de ETA.

  1. Javier Girón lee: “El guardia civil será prudente sin debilidad, firme sin violencia (…)”

El cielo azul alienta su valor con la evidencia de la luz de un sol tan brillante y limpio que se filtra en el coche templando su piel, fatigada por las largas horas de guardia. El mediodía es radiante también en las verdes campas que van escoltando la estrecha carretera por la que circulan. De algún modo todos lamentan no poder dejarse ir en lo bucólico del paisaje. No poder ser uno más entre aquel pueblo. Tener que ir siempre atados a la desconfianza. Siempre en actitud vigilante.

  1. Javier lee: “Sus primeras armas deben ser la persuasión y la fuerza moral (…)”

El peligro está ahí fiero y al acecho como una mala víbora. Por eso no bajan la guardia. Por eso no se dan tregua.

  1. Javier lee: “Deberá estar penetrado de la importancia de su misión (…)”

Antonio va atento al frente, a la carretera, sus dos compañeros a los laterales. Buscan detectar la presencia del algún individuo o grupo sospechoso. Un vehículo mal estacionado. Una elevación del terreno. Un muro. Un talud. Tierra removida. Un cable… Los indicios pueden ser y son muchos. Las oportunidades de adelantarse escasas, y lo saben, pero no por ello cejan en el empeño.

Ya en Orio, se aproximan al cruce con la N-634. El paso elevado de la vía férrea lo anuncia. A su derecha una casa con un huerto rodeado por un muro de piedra, a su izquierda un bosquecillo.

Antonio reduce. Observa entonces la presencia de dos jóvenes sobre el paso elevado, caminan decididos, de pronto se vuelven hacia la vía por la que ellos transitan. Antonio advierte: “Arriba en la pasarela”. Sus dos compañeros agachan la cabeza y dirigen la mirada y las armas hacia ese punto. En ese momento ven como uno de ellos les arroja algo. Se alertan y tensan en el angosto espacio de que disponen dentro del vehículo y también en la fugaz estela de tiempo que los retiene. La compacta sombra de un objeto metálico centellea en el aire y de inmediato y antes de que puedan oír el inevitable contacto con el capo del coche, oyen el seco trallazo de la metralla sobre el parabrisas quebrándolo sin apenas estrépito. Sonido de grava incendiada, a eso les suena. El coche se llena de un enjambre de esquirlas de cristal y metal que les muerden, antes de que el ruido les rompa de dolor los tímpanos. Y de inmediato el agudo tableteo de las armas semiautomáticas con los que los atacan. Y el ruido de la chapa bajo el peso de los proyectiles. Agudo y sordo trallazo que no hay que mirar para saber que la traspasa sin dificultad.

Se oyen nuevas detonaciones de granadas, y como el maldito lazarillo que las guía el rasgado martillear de las armas de guerra con las que buscan atenazarlos entre dos fuegos.

Antonio siente el impacto del plomo en el pecho como una daga de fuego, como un rastro ardiente e insonoro que le recuerda vagamente a las estrellas fugaces. Luego otro, que le hace estremecer y gemir de dolor. Por el rabillo del ojo ve a uno de los terroristas disparar desde detrás del muro de piedra del huerto. Antonio no duda, dirige el coche hacia él. Trata con esa brava maniobra de romper esa línea de fuego y poder repeler así la agresión. El coche se adentra en la cuneta cabecea y se detiene agónico. Los compañeros de Antonio se bajan de inmediato y se refugian detrás del vehículo, que les sirve de resguardo, y desde donde pueden comenzar a dar merecida respuesta a los facinerosos.

“Valor, firmeza y constancia”, sentencia el General.

Antonio se siente dolorosamente clavado al asiento. El cuerpo le pesa, la sangre le corre por la cara. Siente la camisa pegada a la piel y esta a la sangre que se derrama de las heridas. En esa fracción de segundo parece haberse ido. Pero de inmediato reacciona, coge la metralleta, mueve el pestillo y de una patada abre la puerta. El rugir de las balas sobre la chapa le advierte de la presencia del criminal que busca. Sale a pecho descubierto. Solo el leve tul de la sangre le protege. Encara el arma y avanza hacia el terrorista. Este sorprendido se levanta incrédulo ante el arrojo de Antonio y le dispara, las balas le impactan en las piernas y en el vientre. Antonio aprieta el gatillo de la metralleta y el terrorista recibe una ráfaga que le cruza el cuerpo. Se tambalea. Antonio vuelve a dispararle, esta vez lo alcanza en el rostro y lo ve caer hacía tras. Se detiene, se mira y mira al cielo. Se sabe muerto. Pero quiere vivir y en ese esfuerzo se lleva con serena energía la mano al pecho. Busca atajar la sangre en la que se le va la vida, pero la mano pesa como una losa y ese peso lo derriba sobre el asfalto.

Ya en el suelo y antes de perder el conocimiento, ve, como a veinte metros por detrás de él cruza corriendo otro terrorista con un cetme en la mano. Y como uno de sus compañeros lo abate. Oye también el tableteo de las armas de los que viajan en los otros coches. Y cómo los terroristas ante tan enérgica respuesta, retroceden, se reagrupan y entran aprisa en un Seat 131 blanco. Huyen. Oye, tan serenas como firmes, las voces de sus compañeros señalándose objetivos, advirtiéndose, buscan cortarles la retirada, las reconoce. Están allí, están con él y están vivos. Asiente confortado.

Mezclada con la calidez de la brisa que alienta el día, llega hasta él la leve sombra de un cabello tan negro y profundo que lo arrebata con su perfume a mujer. Lo reconoce, y se ata a él como se ata dios a los ángeles, para sentirse en la gloria, lo está. Sonríe complacido y en ese gesto su rostro de niño recobra de nuevo la ternura que aquel lugar maldito le robara.

Detrás del coche el guardia D. Aurelio Navío, agoniza sin un gemido, sumido como Antonio en la certeza de que no han sido derrotados. Que su valor y sacrificio está llamado a ser el más sólido argumento entorno a la seguridad de sus compañeros. El acto que va a disuadir a los terroristas de que la tragedia de Ispáster, donde fueron asesinados en idénticas circunstancias seis compañeros, y que ellos en su criminal afán han tratado de remedar, no va a volver a ocurrir. Porque cuando la fatalidad es neutral el bien que emana de la nobleza de sus corazones y enérgicas voluntades se impone a la maldad de los delincuentes. Rota la sorpresa, en igualdad de condiciones los terroristas nada tienen que hacer y lo saben. Por eso huyen acobardados y en la certeza de que solo el infortunio sufrido por el fallo de una de las armas de aquellos hombres, les ha permitido salir a algunos de ellos ilesos. Atrás, embutidos en sendos chalecos antibalas, quedan muertos dos de ellos. Un par de asesinos con un abultado  currículo de espantosas atrocidades a sus espaldas. También varias de las armas utilizadas.

Cerca del otro coche, yacen gravemente heridos, pero no por ello inactivos en tan desigual batalla los guardias civiles D. Francisco Villoria Villoria, D. Ramiro Cerviño Pereiro y D.Jesús Díaz Blanco.

Inmersos en el dolor no pueden sino sentirse confortados toda vez les ha sido permitido batirse, desbaratar la emboscada tendida por los criminales y plantar cara a esas fieras rabiosas que son los miembros de ETA.

Veinte de diciembre de 1845, Don Javier Girón, acaba de leer la Cartilla y se siente confortado, reconoce en ella un código ético que, de ser asimilado y puesto en práctica, hará de su Guardia Civil una Institución benemérita e irrepetible.

En Orio (Guipúzcoa), 135 años después, un heroico grupo de jóvenes guardias civiles, penetrados de la ejemplar moral que el Duque de Ahumada les inculcará, acaban de escribir una página más de abnegación y espíritu de sacrificio en la intachable hoja de Servicio de tan honrosa Institución.

En el cielo, D. Javier Girón de Ezpeleta, Duque de Ahumada y Marques de las Amarillas, los vela con el corazón inflamado de emoción y orgullo. Se reconoce en ellos y en todos y cada uno de sus actos, como tantas otras veces, como siempre, y es que el designio de su férrea voluntad anida, y lo sabe, en el seno de la Institución y en el talante y quehacer de sus miembros.

 

Anuncios

Al cruzar la calle

 

Confiscare en ti todas mis heridas,
te dejaré sola en medio
del verde trigal del sueño que fuimos,
para que no vuelvas a enfermar de pena
ni yo de arrepentimiento.

Para que tu risa vuelva a ser
la marea de todos los días,
la de los pares y también la de los impares.

Porque sin ella el mar se detiene
al cruzar la calle,
al caer por la ventana,
al traspasar la puerta.

Porque sin ella los relojes
adquieren sentido,
y las horas todo el poder.

Has de volver a ser,
aún lejos de mí,
porque tu ser es vital,
como mi pena;
mi pena y tu ser,
aún así mereció la pena:
¿no crees?

Incluso ahora que he vuelto
resuelto a confiscar en ti mis heridas,
siento que volvería hacerlo,
que volvería a amarte,
sin cambiar ni una coma,
de las tantas de este poema
de despedida.

 

“Circularidad”

Sabiéndonos cercados por el fuego de la pasión,

nos miramos a los ojos y turbados nos reconocemos,

bajamos los ojos para volver a mirarnos,

y ya no somos.

¿Dónde hemos ido?, ¿dónde estamos?,

¿quién gobierna nuestros destinos,

ahora que no somos nada de lo que éramos

y tanto de lo que fuimos?

La respuesta se hace precisa en los gestos,

esplendorosa en el ritual:

se tensa la mirada y eriza la piel,

la lengua humedece los labios,

la nariz aletea y se ensancha levemente,

y el corazón se nos vuela a la boca.

Se hace entre los dos de seda el espacio,

y cae el tiempo en el olvido,

a la vez que los besos envenenan poro a poro

la vasta y encrespada extensión de la sangre.

Ya somos, por fin somos, somos tanto,

que sentimos la hoguera del deseo quemándonos muy dentro,

quemándonos por fuera, quemando el aire

y prenda a prenda todo cuanto a nuestro alrededor ondea.

A su llamada,

una veintena de misteriosos y enardecidos guerreros,

gritan: “A las caricias”,

y en desigual batalla derrota la pasión a la ternura.

Consumada la debacle la fortaleza yace derribada:

saqueados sus tesoros, vaciados sus dones,

quemadas sus naves, emergen olímpicas sus ruinas.

¿A dónde iremos ahora que el tiempo se ha ausentado,

y el espacio detenido en el cuenco durmiente

de nuestras enardecidas sombras?

La pasión que nos sostenía era un gemido animal,

un esfuerzo sobrenatural, la paradoja perfecta

en la abrasadora catarsis de la ilusión.

Pero como todo gemido se ha acallado,

como todo esfuerzo agotado,

como toda paradoja fatalmente confluido

con la realidad.

Una realidad que no soporta prosa ni arrogancia.

Que se asienta en la debilidad, en la fragilidad,

en la inconstante habitabilidad de lo impreciso,

 con un único objeto,

el de permitirnos recobrar fuerzas para otra suerte de locura.

Pobres y solos vagamos

por el fantasioso territorio de la somnolencia,

buscando qué, treguas, solo eso,

tiempos de paz a los que gobierne la quietud

y anime la más pura intrascendencia.

Sobre la pálida extensión de la cama no somos

sino voluntad de no ser,

de permanecer suspendidos de esa vaga sensación de bienestar

que ofrenda el ser derrotado por la pasión,

el sentirnos apetitosos a ella, el sabernos útiles para ella

y en ella esplendorosamente capaces.

Figurarán nuestras lascivas siluetas en sus magníficos blasones

y honorables escudos,

caídos sin cobardía

y sí mucha arrogancia bajo los cascos de sus alados caballos.

Y será nuestro orgullo tanto más fuerte

como fuerte sea el afán de la derrota,

porque en las guerras que libramos para tal ánimo

la recompensa no puede ser sino el más fiel de los vasallajes.

En la conciencia de que más pronto que tarde

se impondrá la más dulce de las corduras,

y volveremos a tener lejos del voraz apetito de su alma,

la fuerza necesaria para extender la mano

y acariciar sin fuego la piel del amante.

Sintiendo la tibia luminiscencia de su tacto

como el más sublime de los perfumes,

como el más firme de los trazos con que se escribe y engalana

el estremecido amor.

Y es entonces, cuando esa, y también la otra,

y todas las palabras y todos los gestos recobran su original sentido,

y vuelven a ser precisos los rumbos

y plena la existencia.

porque todo cuanto a nuestro alrededor pervive,

se torna certero en la casualidad de lo posible,

y en esa cabal escala se hace a su vez de la medida

de nuestros ojos.

Y así, felices de sabernos capaces de tal locura,

atinamos a ver allí donde no hubo sino voraz presencia,

la sutil y cabalística percepción

de la oculta huella del latido y de la sangre.

Y en medio de tan proceloso mar,

tiritando fortaleza en el vaivén de su etérea grandeza,

hallamos la majestuosa sombra

del más hermoso velero del alma,

el de esa infinita ternura

que encarna siempre esta suerte de pereza.

 

(Fragmento del relato El sabor del fortuna del libro La hija del txakurra)

“Entrar en el bar de la mano de la vida de su marido, flanqueada por la de sus dos compañeros, amigos todos, jóvenes, alegres en ese don. Entrar con la intención de tomarse una copa, escuchar música y charlar. Divertirse. Vivir. Olvidar la rancia sombra del viejo cuartel donde vivían. Hacer planes. Asombrarse de la ferocidad de aquel pueblo. Buscar, para conjurarla, serlo en la misma medida. Saber que les iba a ser imposible y no cejar por ello de intentarlo. Desconfiar de todos y mostrarse a la vez confiados. Disimular el miedo y también el arrojo de haber ido hasta allí, de permanecer allí. No pensar. Pensar en un aparte para no herir su mermado ánimo. Y de pronto la silueta negra y amarga de las pistolas. Fugaz como el vuelo de las golondrinas. Secos ladridos, tantos como tiros les dieron. Muchos, infinitos en el escaso tiempo en que ella caía tras el empujón que recibió. La brutalidad de una delicadeza, la de perdonarte la vida. Y después el negro túnel del silencio, rojo en los bordes de sus siluetas derribadas. Querer tocarlos. Querer abrazarlos. Y no poder mover ni un dedo. Sentir cómo los demás clientes te miran. Son hombres y mujeres como tú, él y sus compañeros. Sin embargo, la distancia que se imponen los hace parecer estatuas. Seres de piedra. Bestias sin piedad. Tal grado de frialdad los muestra en una dimensión ajena a lo humano. Tanto que sientes que nada de lo que hagas los va a conmover. Es más, qué puedes hacer capaz de superar la estampa de sus cuerpos caídos y ensangrentados. Su silencio, sus agónicos estremecimientos. Los roncos estertores de la muerte. Gritar, buscar gritar para huir en ese grito de la realidad. Caer luego de rodillas junto a él y llamarlo por su nombre, a la vez que le susurras ¡no te mueras, no te mueras! Podías gritárselo, es cierto, pero en el fondo no quieres que lo oiga, porque no quieres que se muera sabiendo que te deja sola. El coraje de la ternura. Luego, clamar en el nombre de Dios que alguien llame a una ambulancia. Y en ese gesto sentir que aún cabe la esperanza de que un médico sea capaz de retornarlo, de retornarlos de aquel laberinto de plomo enrojecido en el que se han extraviado”. 

http://josealfonsoromeropseguin.es/2018/01/24/fragmento-del-relato-el-sabor-del-fortuna-del-libro-la-hija-del-txakurra/ vía @RomeroSeguin

Estacas (Crónica de un funeral, años de plomo)

 

Me recuerdo y os recuerdo

ante sus cadáveres,

clavados como estacas guías

de árboles imposibles.

Retoños rotos

más allá de la muerte,

a los que buscábamos sostener

con el largo stipes

de la cruz de nuestro empleo y empeño.

Mientras íbamos de un extremo al otro

del pequeño patibulum,

buscando remediar

la gigante urgencia de la angustia.

Queriendo obrar el milagro

de ser aún su esperanza.

Más tarde, cuanto antes,

(sus cuerpos ensangrentados

afeaban las calles

de la civilizada ciudad)

alguien los arrancaba

sin cuidado ni afecto

de la cruz del suelo,

y los depositaban en una fría camilla;

fardos de ausencia

atados con gruesas correas de cuero.

De la camilla se les descargaba

en una sucia mesa de autopsias.

En ella, se le rompían los rotos

y cosían los uniformes,

para guardarlos aseados

en esos cofres de indiferencia

que era aquellos ataúdes de una sola boca,

la del olvido.

Y allí quedábamos nosotros,

firmes como estacas,

despidiendo marciales sus féretros,

y doliéndonos, humanos, por sus deudos,

tan vivos, como esa muerte

que no iban a poder,

ni olvidar, ni aliviar.

 

GOTA A GOTA

IMG_0618

Este relato pertenece al libro La hija del Txakurra,.
No figura en la edición en papel. Editorial Libros.com.

Después del infinito silencio a que te somete el dolor de lo estúpidamente irremediable y lo trágicamente cotidiano: Un atentado. Un muerto. Dos heridos. Herrera. El cuartel. Una ráfaga de plomo. Ametrallados. Se desangra. Un vehículo. Una fuga. Controles de carreteras. Infructuosas persecuciones. Transfusiones. Vigilancia. Lágrimas. Impotencia. Dolor. Rabia. Rutina.
Después de sentirte en ese golpe desposeído de otro vestigio de consuelo que no sea sino la viva esencia de ese dolor y esa rabia que a su manera también te hiere, que también te mata.
Después de hallarte caído sobre el frio asiento de una de las sillas de plástico verde de la sala de espera de la UVI de la Residencia Nuestra Señora de Aránzazu en San Sebastián. A donde te han mandado haciendo pareja con un compañero que se apellida Borrega, y que viste un chaquetón de falso ante, con el interior y el cuello forrados con piel de falso borrego, y que de inmediato se despista con la peregrina disculpa de ir a buscar al coche lo último de Marcial La Fuente Estefanía, dejándote allí atado a la pena y a la pistola como únicos elementos de ternura en el paisaje solitario de tu ánimo, y con la absurda misión de proteger a quien yace ya tan desprotegido como extraviado en los senderos de fuego y sombra con que trenzó el plomo en él sus fúnebres designios.
Después, digo, de tener la sensación de que te ha alcanzando para toda una vida el silencio del cosmos. De pronto, oyes con todos los poros de la piel un sonido que se abismaba húmedo y ahuecado en el alma del silencio. Semejante en su sincronizada ejecución al que se produciría si la desangelada sala decidiese chasquear su enorme lengua, con la clara intención de llamar tu atención. Acaso solo consolarte en el regazo de su omnipresente eco. Fuese esa u otra su intención el caso que lo consigue, porque de inmediato dejas todo lo que sumido en la más pura indiferencia estabas temiendo y te centras curioso en él.
Así me sentía y así lo sentí en mí, y en ese sentir traté, en primer lugar, de adivinar de dónde provenía, lo busqué por ello ansioso en el temor de que no fuese sino una mala arte de la casualidad. Un universo efímero, en definitiva, capaz de esfumarse en el mágico misterio de ese súbito chasquido.
Que profunda sensación de desamparo me invadió ante el hecho de contemplar la sola posibilidad de que efectivamente aquel ruido fuese un mero accidente, la consecuencia de un hecho fortuito y que, por tanto, se ausentara dejándome solo en medio de aquella noche que se desangraba en silencios. Noche en la que el dolor estaba, pero también cuidado y tan convenientemente acallado por las miasmas de los anestésicos y los sedantes, que no parecía dolor.
Los hospitales son centros de esperanza, y la esperanza es, por lo que se ve, el primer cuidado que se dispensa, el primer diagnóstico que se explicita, la primera cura que se práctica y también el primer fármaco que se administra. Siempre, como es lógico, en el ámbito de la tácita confluencia de esperanzadas voluntades que en el solo acto del ingreso se concitan. Basta: una bata blanca, una camilla, una sala aséptica y desamueblada, una mascarilla, una botella de oxígeno, una vitrina atestada de medicamentos, una maraña de algodón, una mirada severa y fría, pero profesional de un médico o enfermera, y un saber esperar resignado en la esperanza de haber llegado aún a tiempo, sin que se haya extraviado para siempre el ritmo de ese corazón que nos duele lejos del pecho, para que se obre ese deseo al que gustamos llamar milagro. Buena prueba de que es así, era que allí y en aquella noche en la que había motivos, siempre lo hay en un lugar de esa naturaleza, para oír los gritos de angustia y desgarrados llantos de aquellos que caminan ya de la mano de la ausencia, sin embargo, no se oía nada y nada parecía pasar, pese a que realmente no era así, pues pasaba. Sin ir más lejos, a escasos metros de donde yo estaba se moría un joven guardia civil desasistido aún de sus padres y esposa. Es cierto que en él y para él todo era silencio, pero y el silencio de todos los demás, a qué podía obedecer sino era a esa suerte de consuelo cuasi administrativo.
Lo cierto es que el enmudecido grito del silencio era la única expresión de dolor capaz de hacerse oír. Y lo hacía con tal contundencia que llegaba a doler más que el herido. Tanto, que al final era la única herida que desde sus infinitas trayectorias sentías que te iba desangrando incluso de la mismísima rabia.
Pasado el inicial estremecimiento del inesperado ruido, el silencio sonó otra vez escondiéndolo todo a mí alrededor, pero ya no le hice caso. Me mantenía ahora expectante, no podía permitirme el lujo de que su atronadora presencia me llevase a desatender aquel otro ruido, que juraría que provenía de una gota de agua al chocar contra el suelo, de tal suerte que este me pudiera volver a sorprender sin que pudiera dar noticia de él, de su condición, de su bendita utilidad.
Busqué por ello abarcar con la mirada todo el espacio posible, mis oídos ya estaban en ese esfuerzo, la alerta era máxima, y en esa tensa posición me mantuve expectante, pero el sonido se hacía esperar, tanto que por un momento me resigné a tener que desistir, sin bajar por ello la guardia. La resignación no es en estos casos sino una forma más de flagrante obcecación. Tanto es así que al final la frugal paciencia obtuvo sustancioso resultado pues la gota volvió a caer, y esta vez el leve destello que produjo al entrar en contacto con la lánguida luz que entraba por el sucio ventanal del fondo la delató a medio camino entre el falso cielo del techo y el falso suelo que conformaba en su reverso otro falso techo de otro falso cielo.
La seguí a partir de ahí con la mirada, o tuve al menos la sensación de haberlo hecho, y la vi estrellarse seca contra el suelo deshaciéndose en un universo de diminutas gotas que iban empapando las gastadas baldosas.
Emocionado por el hallazgo hice memoria tratando de averiguar si ya estaba allí cuando llegué. Pudiendo comprobar por el profundo desgarro que el silencio había producido en mi interior, que no estaba. La sombra que se derramaba aún de esa enorme herida me hacía estar completamente seguro de ello. Pero ahora estaba, y era mía, y como lo era, seguí indagando en su curso. Levanté por ello los ojos al cielo y me encontré con el cielo raso. Lo rastreé concienzudo hasta descubrir, casi en el centro, una pequeña mancha en forma de flor cenicienta, a la que adornaba a modo de inquietante corola un pequeño orificio irisado de tonalidades amarillentas con que le distinguía el laborioso proceso demiúrgico del universo de la gota. De allí partía y prometía seguir haciéndolo.
Para ese momento ya había calculado la frecuencia de caída, su exacta verticalidad y la intensidad del impacto. Era dueño y señor de una gota de agua que era a su vez dueña del silencio y bajo ese arbitrario criterio la administré para mi consuelo.
El silencio, ese al menos, era sumiso al miedo, te hacía sentir desprotegido, vulnerable, como realmente lo estabas en medio de aquella enorme sala por la que de vez en vez circulaban hombres y mujeres embutidos en sus batas blancas, o vestidos con sus ropas de calle, escondidos en los bolsillos sus manos y en ellas sus verdaderas intenciones. Cualquiera de ellos podía ser tu verdugo, pues todos ellos sabían quien eres tú y que hacías allí, pero tú no sabías quienes eran ellos ni cuales sus propósitos. A ellos les sería suficiente con sacar la mano atada a la pistola y descerrajarte media docena de tiros, a ti adivinar que lo iban a hacer, y aún en ese supuesto no saber muy bien como actuar porque para poder matarlos sin castigo ni culpa antes de que te matasen, tenías que reconocer el arma, saberla auténtica, interpretarla como una amenaza cierta, descartar, en una palabra, el error, lo que te obligaba al imposible de ser cuando menos el doble de rápido que ellos. Detenerlos en esa fase no cabía, tanto ellos como tú os encontrabais, y lo sabíais, en un espacio de decisión que no admitía otra solución que no pasara sino por la mutua eliminación física. Era por eso por lo que no dejabas de mirarlos con ese elemental cuidado y ellos de sentirse molestos, si conociesen su verdadera intención se sentirían además aterrorizados. Perciben en tus ojos arrogancia, desafío, desprecio tal vez, el que merecían: pero era solo miedo. Y cuando sus pasos se perdían por fin al fondo de aquellos pasillos, volvías a quedar a meced del silencio que te desasosegaba en la soledad, advirtiéndote de lo inevitable. Y tú en respuesta lo mirabas desafiante y en cierto modo arrogante, tratando de hacerle saber que renegabas de su seca honestidad, y que, quisieras que se fuese, que se perdiera de inmediato para poder oír algo más que la brutal verdad que te acechaba. Lo exigías, entonces, lejos, en la absurda esperanza de que su sola ausencia conjurara todo peligro. Pero él se resistía e insistía, es de esa naturaleza: obstinado. Y para desbaratarlo estaba allí aquella gota voluptuosa y gigante, como las cortinas de un teatro, protegiéndote, poniéndote a salvo de la locura que te mataba ya antes de que te matasen.
Pero el miedo, como cualquier decaimiento, viene y va sin que uno acierte a saber el porqué. Preso de esa inconsciente valentía busqué retomarme en el desterrado silencio, más acorde y cabal con lo que la situación demandaba, porque, era cierto, no sentía un profundo pesar, ni un vivo dolor, tampoco tenía constantemente presente al moribundo, no obstante, me hallaba embargado por un extraña y desoladora sensación que me abocaba a la tristeza, la peor, la de no saber en realidad porque estaba triste. Y es que no había ya fronteras entre el dolor de aquel momento y los de los demás momentos de dolor vividos. Había ante mí un espacio de dolor y desprotección, del que no sabía muy bien si había de ofenderme o dolerme, o las dos cosas. Un espacio del que apenas sabía pero en el que me reconocía en todo momento y en toda situación.
Buscaba eso sí, alguna vez que otra, como sustraerme a esa neurótica tentación, recrear la secuencia de lo sucedido, reconstruir los pasos del Brigada Moisés Cordero y el guardia Antonio Pastor, también los del compañero herido de menor gravedad. Sus últimas palabras, el horror en sus ojos de las mortecinas luces del coche mezcladas con los vivos fogonazos de las metralletas. El dolor que pudieron sentir, y si este fue capaz en algún momento de sobreponerse en ellos al terror de saberse muertos. Y el silencio, siempre lo hay, por rápida que sea la respuesta de los demás compañeros, siempre hay lugar para él, no en vano es el negro margen en el que se escenifica la cesión del terror al horror, como universales testigos, que hacen los muertos a los vivos.
Las cosas no suceden siempre tal y como las imaginamos, lo sabía, y es que quizá no se habían dado cuenta de lo que sucedía, tal vez hablaban entretenidos cuando fueron derribados por la despiadada lluvia de plomo. Lo cierto es que pudo ser de tan diferentes modos, que podía uno imaginarlo como más le gustase. Por el contrario, el final era inamovible, siempre el mismo, cambian los números, en ese caso: uno muerto, el otro muriendo y el otro herido. Tres vidas yéndose en sangre, desangrándose a la vera de un caserón sombrío y en su sombra derruido. Por no pensar en esa tristeza ni en la gota, probé a pensar en otras cosas.
Los pensamientos en tal ocasión no son sino otra escala de ruidos a nuestro servicio. Porque en qué pensar que no sonara cuando el órgano que regía tal capacidad era esa indefinida víscera que te traspasa en todos los sentidos, impidiéndote hasta el elemental acto de respirar. Perdías entonces conciencia del cuerpo y notabas solo la ropa sujetándote en cada pliegue, en cada doblez, en cada arruga. Y no es que fueses nada, que no lo eras, es que te sentías nada, y tal vez te dolía la boca del estómago, pero no sabías donde estaba ni él ni su boca, porque todo tu ser se hallaba confundido en ese marasmo que te había atrapado entre sus garras de niebla.
El agua espantada de aquella gota se expresaba así, con esa contundencia, con esa indomable contumacia. Jugaba conmigo, era eso, como con nosotros juega toda esperanza infundada. Y aquella lo era, porque no se debe esperar, no es lógico esperarlo, que te pueda salvar del ruido del silencio otro ruido, por más que el martillo sea una gota y el suelo el yunque. Pero la cordura exigía esas excentricidades para seguir rigiendo en el mínimo grado aceptable y posible. De lo contrario habríamos terminado haciendo gala de algo más que una mirada desconfiada, habría encañonado a todos y cada uno de los que pasaron por aquella sala, para luego estamparlos contra la pared y cachearlos concienzudamente. Eso aunque resulte ilógico, era lo que la lógica más elemental exigía, porque era mi vida y la vida del que se moría la que ponía en peligro cada vez que me limitaba a observarlos en actitud vigilante, sabiendo que si su intención fuese ultimarnos, lo tenían al alcance de sus manos escondidas en los bolsillos. Manos ocultas, en muchos casos, con la sola intención de provocarte y así poder mostrarte como lo que no eras. Porque no era cuestión de chulería sino de supervivencia. A menudo pienso que si hubiésemos sido más reales, les habríamos hecho saber antes de que estábamos hechos y de que estaba hecho aquello con lo que jugaban indolentes hasta la nausea.
Se piensa, cuando se hace así, tan en precario, a golpes, sin orden ni concierto, porque no hay conciencia que resista la verdad de tan brutal mentira. La de parchear la angustia con lo primero que te viene a la boca: otra angustia.
La necesidad de pensar no conduce siempre al pensamiento, tal como se cree, sino que en muchas ocasiones lo hace al opuesto, a la negación del pensamiento, en favor, cuando no del recuerdo, de la mera ocurrencia. A esa excrecencia existencial le llamamos pensar, pero no lo es, es solo y tal como he dicho escarbar en el lógico intento de abrir trincheras en las que refugiarnos, en las que preservar la razón y poner a salvo sino lo más preciada de nuestras pertenencias, sí, cuando menos, la más tozuda a la hora de reivindicarse: la vida.
La angustia era infinita, cabía por ello en el ruido de una gota y en el de un pensamiento, porque solo lo infinito puede ser sin quebrarse del tamaño exacto de lo que demandan nuestras necesidades.
Llegabas a probar entonces con la oración, pero Dios se aburría en ti escondido tras la gota y la angustia. No en vano esta última encarna, al margen de espacio y tiempo, el único rasgo de rebelión aún no sofocado por él en el hombre. La angustia reclama sin tregua y sin atender a dignidad, decencia o regla, inmortalidad. Es por ello una impostura que supera el tamaño real de Dios en el hombre, usurpándole su poder y su infinita gloria. Un hombre angustiado no es un Dios pero sí el más firme aspirante, el más próximo en su escala.
Extenuado por la batalla respirabas hondo, como para una vida, e intentabas entregar las riendas del pensamiento a quien es por naturaleza de esa inasible esencia, y encontrabas que en ese acto no tenía lugar aquella gota que rompía implacable los pensamientos. Intentando sustraerte de su locura buscabas refugio en la lectura, pero la gota rompía el ritmo de las palabras. Fue entonces cuando comencé a abominar de ella, a repudiarla abiertamente. Llegando a maldecirla, a insultarla. Pero no había nada que hacer, ella era en ese momento angustia, y en ese ser yo ya no era sino un juguete más en las laberínticas palmas de sus manos grises. Al fin y al cabo allí en medio de aquella enorme sala no era sino parte del paisaje de silencio sobre el que reinaba. Aquel silencio del que ella me había salvado, para atarme a la tiranía de su voluntad. Ella también reclamaba inmortalidad, no en vano no era sino angustia en estado húmedo.
Las mentiras que te contabas y te cuentas para conjurar la angustia son concienzudas, no dejan cabos sueltos, para romperlas has de romperte, no hay lección, no cabe remedio, solo el bálsamo de la ciega inconsciencia te puede sostener sin cura gravitando sobre el terrible cráter de su herida.
Comenzabas, en un agudo escalofrío, a confundirla con lejanos pasos, sombríos rostros y aún más sombrías intenciones. Tomabas miedo en el miedo de su espantoso ruido. Fijabas tus ojos en el amarillento agujero implorándole piedad, y veías como se iba conformando lenta, muy lentamente. Comenzaba por ser una leve película que taponaba el torneado orificio, para ir luego adquiriendo cierto volumen, cada vez más, hasta que tras un sutil estremecimiento el peso acataba el principio de gravedad y se precipitaba perfectamente compacta hacia el suelo. Caía rasgando el aire silenciosa, y durante ese espacio te pasaba inadvertida, como si hubiera volado lejos, pero no tardaba en estrellarse contra el frío terrazo, para sonar otra vez como un trueno en medio de aquella sala de espera donde nadie esperaba, y también de la noche que se había detenido en el oscuro y triste ventanal del fondo. Un ventanal propio de suicidas, que daba a un desconchado patio interior al que no se asoman nadie sino era para mirar el vacío buscando saciar su desesperación, porque tras él estaba todo visto, y es que hasta las nocturnas sombras estaban en él de visita. Y volvías a levantar la vista para comprobar como se iba formando esta, y como volvía a caer y te volvía a encontrar y estremecer hasta más allá de lo soportable.
Una gota puede llegar a sonar como un martillo mecánico. Así lo hacía aquella gota que pérdida de la mansa y silenciosa lluvia en que nacía, se vertía inclemente y contradictoria en aquella fría sala de espera de la Residencia, tras un mágico viaje por un dédalo de falsos techos.
Más que sala era un enorme hueco donde desembocaban varios pasillos, uno de ellos llevaba a la pieza de la UVI, en la que agonizaba un hombre joven. Los que lo conocían de la Academia le llamaban “El Legía”, por haber hecho el servicio militar en ese Cuerpo: “Legionarios a luchar, legionarios a morir”, las estupideces por más que mediaticen nuestra existencia y hasta nos gobiernen en lo solemne y lo cotidiano, a la hora de la verdad no es difícil colegir que no son sino eso: estupideces, y que, por tanto, jamás adquieren sentido, y aquella lo era en grado sumo. Porque hora que de verdad se moría, ya no era una fiesta, ni un honor, era sencillamente algo que dolía. Ahora, despojado del uniforme y de la gloria, desnudo y abatido, gritaba su verdadera naturaleza: era de carne, tenía familia, esposa, amigos y un hijo pequeño, tan pequeño que al contrario que los demás aún no guardaba memoria de él.
Trabajaba como guardia civil y había llegado esa misma mañana al Puesto de Herrera, en Guipúzcoa, su primer destino, una vez disfrutado el permiso de incorporación y tras haber superado el curso en la Academia de Úbeda. Sin deshacer aún las maletas, había entrado de servicio a las veintidós horas, y a las veintidós cero cinco, cuando salía por la puerta junto al brigada Comandante de Puesto y otro compañero, fueron ametrallados por los ocupantes de un vehículo que sin llegar a detener la marcha se perdió luego a través de aquella inmensa maraña de complicidades en que se movían los terroristas.
La culpa no tiene hora cuando se es culpable ya antes de haber disfrutado de la posibilidad de tenerla. El brigada murió en el acto, él fue alcanzado por, al menos, ocho balas que le rompieron literalmente el vientre, y el tercero, más veterano y pertrechado con un chaleco antibalas, sufrió una herida en una pierna.
En ese impreciso y fugaz instante en el que cabe una ráfaga de metralleta, “el Legía” comenzó a perder sangre, y en ella a derramar esa vida que se le iba inadvertida en la gota que se formaba en el falso techo de sus entrañas y se perdía sin ruido por los rincones de su carne y las gasas que drenaban sus heridas. Dónde sonaría esa sangre que no fuese en el corazón de todos los que le querían, y que no lo hiciese fuerte y dura como la gota de agua en medio de aquella solitaria sala.
No hubo algodones suficientes, ni llovió sangre suficiente pese a que le suministraron más de catorce litros de la donada por muchos compañeros en su intento de que dejase de gotear vida.
Al final se le fue la vida en sangre, la vi conformarse y perderse en una caída que solo sonó dura cuando la tapa del ataúd la selló, certificando a la vez su muerte.
Luego las lágrimas de su mujer y de sus padres se conformaron en las orillas de los ojos, y cayeron sobre la superficie pulida del ataúd haciendo también ruido. Pero a mí me sigue doliendo aquella gota que durante toda la noche oí caer machacona hasta la locura horadándome parsimoniosa el ánimo.
Como sería su saña, que le puse un periódico debajo, convenientemente doblado, y lo traspasó, le puse poca atención y la traspasó, puse más tarde tierra por medio y la traspasó. Mientras estuve allí caminé de un lado a otro buscando desorientarla, pero una y otra vez me atrapaba inmisericorde. Allí donde estaba, estaba ella, y aún hoy que no estoy, sigo estando y la sigo oyendo. Ella es la memoria de una vida que se iba gota a gota sobre una cama de la UVI, sin más consuelo que el de saberse inocente, inútilmente inocente.
La vida como la culpa es tan corta que a menudo apenas te da tiempo a llegar. Él llegó aquella mañana y a las diez de la noche se fue gota a gota en un río de sangre y silencio. Para sonar ya estaba la gota y mi sofocante neura que, en medio de la noche se torturaban mutuamente, mientras se nos iba también a uno y otra un algo de vida.
Lo habían matado, me habían matado, nos estaban matando, tardé demasiado tiempo en entenderlo, el silencio era mucho, el ruido era mucho, aquella certeza debió bastarme para levantarme e irme por donde había venido. Pero lejos de hacerlo me mantuve allí tal como se me había ordenado, velando su agonía. Y en cierto modo enrabietado por la desvergüenza del ausente Borrega, con su pelambrera de falso vellón, y su chaquetón de falso ante, con su cuello e interior forrado con falsa lana de borrego. No llegué a saber donde fue con su atuendo falso y su falsaria excusa seudoliteraria.
Si bien es cierto que no son pocas las veces que he imaginado que tal vez aquel inesperado comportamiento nos salvó a ambos de morir en aquella sala. Porque los terroristas nos sabían por pares y allí solo estaba el “nones” de turno, sin su par, por lo que no le salían las cuentas, y en esa duda es posible pensar que decidieran abandonar sus fúnebres planes.
Recuerdo eso sí, que hallé, en aquellos que vinieron a relevarme y de los que no recuerdo ni sus caras ni sus nombres, testimonio de vida, y en ella una oportunidad inmejorable para resucitarme.
Nada más entrar en el cuartel, supe de lo oficial de su muerte, certificada minutos después de que yo hubiese abandonada aquella sala. Y también que a primeras horas de la tarde habría de estar convenientemente uniformado para acudir al funeral, no me apetecía lo más mínimo, pero así lo hice porque así se me ordenaba.
Creo que Borrega también estuvo, vestido esta vez de un verde tan falso como el mío.

METAMORFOSIS

EscarabajoImagen

Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.

A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.

Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden ni aun cuando sobran sillas.

Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.

A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas. Fue en ese instante cuando lo oímos caer con el sonido justo: ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.

A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron rápidos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros vertiginosos y bruscos, movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca retomarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.

La representación se desenvolvía magnífica.  Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con grosera indiferencia, mientras, otros, de la mano de esa misma e insana inclinación, buscaban ignorarlo de la mejor manera. No queríamos saber de lo que era capaz: era eso. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre, de todos es sabido, se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con atención rayana a la devoción. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Y también él, como todos los demás, presentía que la interiorización de esa evidencia conduce inevitablemente al desaliento. Por ello, no crecía en su rostro, como debiera, el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Lo hizo sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.

Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su enorme talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.

No conseguí el papel, pero aprendí qué no es tanto lo qué hagas o cómo lo hagas, qué el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.

José Alfonso Romero P.Seguín.