Carrera 3

La mano alzada, la luz verde, el irritable parpadeo de los intermitentes, el cegador destello de la luz de freno, la prisa sin ganas, el rudo tacto de otra mano disputándote la manija, la mirada dura y sostenida, el duro reproche, la tentación de los más soeces insultos, la velada amenaza, el estridente portazo, el desganado encogerse de hombros del conductor desentendiéndose de la disputa; el sólido humo del tubo de escape ahogándote, la noche caída y su sombría angustia, la velada maldición mirando con desplante al cielo, el seco zapatazo de rabia sobre la silenciada y paciente acera, los ojos clavados en el final de la calle, la esperanza de una nueva oportunidad.

Y otra vez la luz verde, y otra vez la mano alzada, y otra vez la tensa urgencia, y otra vez el amargo sabor de saberte ganador; y otra vez sentado sobre el ajado y sucio asiento, y otra vez oliendo a ambientador de pino descarnado, y otra vez las mismas palabras, la misma dirección y el mismo ritual de ruidosa mecánica; y otra vez el mal disimulado escrutarse buscando exorcizar temores, y otra vez el marchar a trompicones por una avenida cuajada de coches, y otra vez la mutua proposición de itinerarios alternativos buscando uno saber si sabe y el otro hacerle saber que sabe; y otra vez los continuos insultos del taxista, y otra vez su mirada buscando complicidad en tu mirada, y otra vez mirar sin curiosidad la heteróclita naturaleza de los objetos que decoran el interior y que sin duda definen la suya; y otra vez hablar de las inclemencias del tráfico y los desatinos de la meteorología, de las chapuzas de la alcaldía y los fracasos del club; y otra vez el incesante alarido de las sirenas, y otra vez el silencio manchado por la luz derretida de las farolas, y otra vez el sincronizado parpadeo de los semáforos, y otra vez el irritante tictac del taxímetro desgranando monedas, y otra vez mirar el reloj y mirar las aceras buscando reconocer en un rostro o en un escaparte un lugar que sabes aún lejos; y otra vez un coche de policía encalando de azul un oscuro callejón, y otra vez las prostitutas acodadas a la barandilla del puente, y otra vez las melancólicas sombras de los solitarios navegando atadas a la pena de un libro de amarillentas pastas; y otra vez el monótono y deshilachado desfilar de las miles de cenicientas flores de neón con que la ciudad engalana su particular cielo, y otra vez el tedio de transitar por una ciudad diminuta que se repite sin asco hasta semejar infinita, y otra vez de vuelta de todo volviendo a todo; y otra vez dos hombres perdidos en la inmoralidad de un corazón de chapas buscando ignorarse a través de un vasto mar de inequívocas señales; y otra vez saber que a lo mejor lo peor es aún mañana, y otra vez y siempre como en un laberinto, como en la esperanza de un condenado a muerte, como en un hito inalcanzable,  la carrera, la inevitable carrera.

José Romero P.Seguín

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