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Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.

A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.

Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden ni aun cuando sobran sillas.

Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.

A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas. Fue en ese instante cuando lo oímos caer con el sonido justo: ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.

A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron rápidos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros vertiginosos y bruscos, movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca retomarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.

La representación se desenvolvía magnífica.  Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con grosera indiferencia, mientras, otros, de la mano de esa misma e insana inclinación, buscaban ignorarlo de la mejor manera. No queríamos saber de lo que era capaz: era eso. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre, de todos es sabido, se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con atención rayana a la devoción. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Y también él, como todos los demás, presentía que la interiorización de esa evidencia conduce inevitablemente al desaliento. Por ello, no crecía en su rostro, como debiera, el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Lo hizo sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.

Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su enorme talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.

No conseguí el papel, pero aprendí qué no es tanto lo qué hagas o cómo lo hagas, qué el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.

José Alfonso Romero P.Seguín.

 

 

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