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Este relato pertenece al libro La hija del Txakurra,.
No figura en la edición en papel. Editorial Libros.com.

Después del infinito silencio a que te somete el dolor de lo estúpidamente irremediable y lo trágicamente cotidiano: Un atentado. Un muerto. Dos heridos. Herrera. El cuartel. Una ráfaga de plomo. Ametrallados. Se desangra. Un vehículo. Una fuga. Controles de carreteras. Infructuosas persecuciones. Transfusiones. Vigilancia. Lágrimas. Impotencia. Dolor. Rabia. Rutina.
Después de sentirte en ese golpe desposeído de otro vestigio de consuelo que no sea sino la viva esencia de ese dolor y esa rabia que a su manera también te hiere, que también te mata.
Después de hallarte caído sobre el frio asiento de una de las sillas de plástico verde de la sala de espera de la UVI de la Residencia Nuestra Señora de Aránzazu en San Sebastián. A donde te han mandado haciendo pareja con un compañero que se apellida Borrega, y que viste un chaquetón de falso ante, con el interior y el cuello forrados con piel de falso borrego, y que de inmediato se despista con la peregrina disculpa de ir a buscar al coche lo último de Marcial La Fuente Estefanía, dejándote allí atado a la pena y a la pistola como únicos elementos de ternura en el paisaje solitario de tu ánimo, y con la absurda misión de proteger a quien yace ya tan desprotegido como extraviado en los senderos de fuego y sombra con que trenzó el plomo en él sus fúnebres designios.
Después, digo, de tener la sensación de que te ha alcanzando para toda una vida el silencio del cosmos. De pronto, oyes con todos los poros de la piel un sonido que se abismaba húmedo y ahuecado en el alma del silencio. Semejante en su sincronizada ejecución al que se produciría si la desangelada sala decidiese chasquear su enorme lengua, con la clara intención de llamar tu atención. Acaso solo consolarte en el regazo de su omnipresente eco. Fuese esa u otra su intención el caso que lo consigue, porque de inmediato dejas todo lo que sumido en la más pura indiferencia estabas temiendo y te centras curioso en él.
Así me sentía y así lo sentí en mí, y en ese sentir traté, en primer lugar, de adivinar de dónde provenía, lo busqué por ello ansioso en el temor de que no fuese sino una mala arte de la casualidad. Un universo efímero, en definitiva, capaz de esfumarse en el mágico misterio de ese súbito chasquido.
Que profunda sensación de desamparo me invadió ante el hecho de contemplar la sola posibilidad de que efectivamente aquel ruido fuese un mero accidente, la consecuencia de un hecho fortuito y que, por tanto, se ausentara dejándome solo en medio de aquella noche que se desangraba en silencios. Noche en la que el dolor estaba, pero también cuidado y tan convenientemente acallado por las miasmas de los anestésicos y los sedantes, que no parecía dolor.
Los hospitales son centros de esperanza, y la esperanza es, por lo que se ve, el primer cuidado que se dispensa, el primer diagnóstico que se explicita, la primera cura que se práctica y también el primer fármaco que se administra. Siempre, como es lógico, en el ámbito de la tácita confluencia de esperanzadas voluntades que en el solo acto del ingreso se concitan. Basta: una bata blanca, una camilla, una sala aséptica y desamueblada, una mascarilla, una botella de oxígeno, una vitrina atestada de medicamentos, una maraña de algodón, una mirada severa y fría, pero profesional de un médico o enfermera, y un saber esperar resignado en la esperanza de haber llegado aún a tiempo, sin que se haya extraviado para siempre el ritmo de ese corazón que nos duele lejos del pecho, para que se obre ese deseo al que gustamos llamar milagro. Buena prueba de que es así, era que allí y en aquella noche en la que había motivos, siempre lo hay en un lugar de esa naturaleza, para oír los gritos de angustia y desgarrados llantos de aquellos que caminan ya de la mano de la ausencia, sin embargo, no se oía nada y nada parecía pasar, pese a que realmente no era así, pues pasaba. Sin ir más lejos, a escasos metros de donde yo estaba se moría un joven guardia civil desasistido aún de sus padres y esposa. Es cierto que en él y para él todo era silencio, pero y el silencio de todos los demás, a qué podía obedecer sino era a esa suerte de consuelo cuasi administrativo.
Lo cierto es que el enmudecido grito del silencio era la única expresión de dolor capaz de hacerse oír. Y lo hacía con tal contundencia que llegaba a doler más que el herido. Tanto, que al final era la única herida que desde sus infinitas trayectorias sentías que te iba desangrando incluso de la mismísima rabia.
Pasado el inicial estremecimiento del inesperado ruido, el silencio sonó otra vez escondiéndolo todo a mí alrededor, pero ya no le hice caso. Me mantenía ahora expectante, no podía permitirme el lujo de que su atronadora presencia me llevase a desatender aquel otro ruido, que juraría que provenía de una gota de agua al chocar contra el suelo, de tal suerte que este me pudiera volver a sorprender sin que pudiera dar noticia de él, de su condición, de su bendita utilidad.
Busqué por ello abarcar con la mirada todo el espacio posible, mis oídos ya estaban en ese esfuerzo, la alerta era máxima, y en esa tensa posición me mantuve expectante, pero el sonido se hacía esperar, tanto que por un momento me resigné a tener que desistir, sin bajar por ello la guardia. La resignación no es en estos casos sino una forma más de flagrante obcecación. Tanto es así que al final la frugal paciencia obtuvo sustancioso resultado pues la gota volvió a caer, y esta vez el leve destello que produjo al entrar en contacto con la lánguida luz que entraba por el sucio ventanal del fondo la delató a medio camino entre el falso cielo del techo y el falso suelo que conformaba en su reverso otro falso techo de otro falso cielo.
La seguí a partir de ahí con la mirada, o tuve al menos la sensación de haberlo hecho, y la vi estrellarse seca contra el suelo deshaciéndose en un universo de diminutas gotas que iban empapando las gastadas baldosas.
Emocionado por el hallazgo hice memoria tratando de averiguar si ya estaba allí cuando llegué. Pudiendo comprobar por el profundo desgarro que el silencio había producido en mi interior, que no estaba. La sombra que se derramaba aún de esa enorme herida me hacía estar completamente seguro de ello. Pero ahora estaba, y era mía, y como lo era, seguí indagando en su curso. Levanté por ello los ojos al cielo y me encontré con el cielo raso. Lo rastreé concienzudo hasta descubrir, casi en el centro, una pequeña mancha en forma de flor cenicienta, a la que adornaba a modo de inquietante corola un pequeño orificio irisado de tonalidades amarillentas con que le distinguía el laborioso proceso demiúrgico del universo de la gota. De allí partía y prometía seguir haciéndolo.
Para ese momento ya había calculado la frecuencia de caída, su exacta verticalidad y la intensidad del impacto. Era dueño y señor de una gota de agua que era a su vez dueña del silencio y bajo ese arbitrario criterio la administré para mi consuelo.
El silencio, ese al menos, era sumiso al miedo, te hacía sentir desprotegido, vulnerable, como realmente lo estabas en medio de aquella enorme sala por la que de vez en vez circulaban hombres y mujeres embutidos en sus batas blancas, o vestidos con sus ropas de calle, escondidos en los bolsillos sus manos y en ellas sus verdaderas intenciones. Cualquiera de ellos podía ser tu verdugo, pues todos ellos sabían quien eres tú y que hacías allí, pero tú no sabías quienes eran ellos ni cuales sus propósitos. A ellos les sería suficiente con sacar la mano atada a la pistola y descerrajarte media docena de tiros, a ti adivinar que lo iban a hacer, y aún en ese supuesto no saber muy bien como actuar porque para poder matarlos sin castigo ni culpa antes de que te matasen, tenías que reconocer el arma, saberla auténtica, interpretarla como una amenaza cierta, descartar, en una palabra, el error, lo que te obligaba al imposible de ser cuando menos el doble de rápido que ellos. Detenerlos en esa fase no cabía, tanto ellos como tú os encontrabais, y lo sabíais, en un espacio de decisión que no admitía otra solución que no pasara sino por la mutua eliminación física. Era por eso por lo que no dejabas de mirarlos con ese elemental cuidado y ellos de sentirse molestos, si conociesen su verdadera intención se sentirían además aterrorizados. Perciben en tus ojos arrogancia, desafío, desprecio tal vez, el que merecían: pero era solo miedo. Y cuando sus pasos se perdían por fin al fondo de aquellos pasillos, volvías a quedar a meced del silencio que te desasosegaba en la soledad, advirtiéndote de lo inevitable. Y tú en respuesta lo mirabas desafiante y en cierto modo arrogante, tratando de hacerle saber que renegabas de su seca honestidad, y que, quisieras que se fuese, que se perdiera de inmediato para poder oír algo más que la brutal verdad que te acechaba. Lo exigías, entonces, lejos, en la absurda esperanza de que su sola ausencia conjurara todo peligro. Pero él se resistía e insistía, es de esa naturaleza: obstinado. Y para desbaratarlo estaba allí aquella gota voluptuosa y gigante, como las cortinas de un teatro, protegiéndote, poniéndote a salvo de la locura que te mataba ya antes de que te matasen.
Pero el miedo, como cualquier decaimiento, viene y va sin que uno acierte a saber el porqué. Preso de esa inconsciente valentía busqué retomarme en el desterrado silencio, más acorde y cabal con lo que la situación demandaba, porque, era cierto, no sentía un profundo pesar, ni un vivo dolor, tampoco tenía constantemente presente al moribundo, no obstante, me hallaba embargado por un extraña y desoladora sensación que me abocaba a la tristeza, la peor, la de no saber en realidad porque estaba triste. Y es que no había ya fronteras entre el dolor de aquel momento y los de los demás momentos de dolor vividos. Había ante mí un espacio de dolor y desprotección, del que no sabía muy bien si había de ofenderme o dolerme, o las dos cosas. Un espacio del que apenas sabía pero en el que me reconocía en todo momento y en toda situación.
Buscaba eso sí, alguna vez que otra, como sustraerme a esa neurótica tentación, recrear la secuencia de lo sucedido, reconstruir los pasos del Brigada Moisés Cordero y el guardia Antonio Pastor, también los del compañero herido de menor gravedad. Sus últimas palabras, el horror en sus ojos de las mortecinas luces del coche mezcladas con los vivos fogonazos de las metralletas. El dolor que pudieron sentir, y si este fue capaz en algún momento de sobreponerse en ellos al terror de saberse muertos. Y el silencio, siempre lo hay, por rápida que sea la respuesta de los demás compañeros, siempre hay lugar para él, no en vano es el negro margen en el que se escenifica la cesión del terror al horror, como universales testigos, que hacen los muertos a los vivos.
Las cosas no suceden siempre tal y como las imaginamos, lo sabía, y es que quizá no se habían dado cuenta de lo que sucedía, tal vez hablaban entretenidos cuando fueron derribados por la despiadada lluvia de plomo. Lo cierto es que pudo ser de tan diferentes modos, que podía uno imaginarlo como más le gustase. Por el contrario, el final era inamovible, siempre el mismo, cambian los números, en ese caso: uno muerto, el otro muriendo y el otro herido. Tres vidas yéndose en sangre, desangrándose a la vera de un caserón sombrío y en su sombra derruido. Por no pensar en esa tristeza ni en la gota, probé a pensar en otras cosas.
Los pensamientos en tal ocasión no son sino otra escala de ruidos a nuestro servicio. Porque en qué pensar que no sonara cuando el órgano que regía tal capacidad era esa indefinida víscera que te traspasa en todos los sentidos, impidiéndote hasta el elemental acto de respirar. Perdías entonces conciencia del cuerpo y notabas solo la ropa sujetándote en cada pliegue, en cada doblez, en cada arruga. Y no es que fueses nada, que no lo eras, es que te sentías nada, y tal vez te dolía la boca del estómago, pero no sabías donde estaba ni él ni su boca, porque todo tu ser se hallaba confundido en ese marasmo que te había atrapado entre sus garras de niebla.
El agua espantada de aquella gota se expresaba así, con esa contundencia, con esa indomable contumacia. Jugaba conmigo, era eso, como con nosotros juega toda esperanza infundada. Y aquella lo era, porque no se debe esperar, no es lógico esperarlo, que te pueda salvar del ruido del silencio otro ruido, por más que el martillo sea una gota y el suelo el yunque. Pero la cordura exigía esas excentricidades para seguir rigiendo en el mínimo grado aceptable y posible. De lo contrario habríamos terminado haciendo gala de algo más que una mirada desconfiada, habría encañonado a todos y cada uno de los que pasaron por aquella sala, para luego estamparlos contra la pared y cachearlos concienzudamente. Eso aunque resulte ilógico, era lo que la lógica más elemental exigía, porque era mi vida y la vida del que se moría la que ponía en peligro cada vez que me limitaba a observarlos en actitud vigilante, sabiendo que si su intención fuese ultimarnos, lo tenían al alcance de sus manos escondidas en los bolsillos. Manos ocultas, en muchos casos, con la sola intención de provocarte y así poder mostrarte como lo que no eras. Porque no era cuestión de chulería sino de supervivencia. A menudo pienso que si hubiésemos sido más reales, les habríamos hecho saber antes de que estábamos hechos y de que estaba hecho aquello con lo que jugaban indolentes hasta la nausea.
Se piensa, cuando se hace así, tan en precario, a golpes, sin orden ni concierto, porque no hay conciencia que resista la verdad de tan brutal mentira. La de parchear la angustia con lo primero que te viene a la boca: otra angustia.
La necesidad de pensar no conduce siempre al pensamiento, tal como se cree, sino que en muchas ocasiones lo hace al opuesto, a la negación del pensamiento, en favor, cuando no del recuerdo, de la mera ocurrencia. A esa excrecencia existencial le llamamos pensar, pero no lo es, es solo y tal como he dicho escarbar en el lógico intento de abrir trincheras en las que refugiarnos, en las que preservar la razón y poner a salvo sino lo más preciada de nuestras pertenencias, sí, cuando menos, la más tozuda a la hora de reivindicarse: la vida.
La angustia era infinita, cabía por ello en el ruido de una gota y en el de un pensamiento, porque solo lo infinito puede ser sin quebrarse del tamaño exacto de lo que demandan nuestras necesidades.
Llegabas a probar entonces con la oración, pero Dios se aburría en ti escondido tras la gota y la angustia. No en vano esta última encarna, al margen de espacio y tiempo, el único rasgo de rebelión aún no sofocado por él en el hombre. La angustia reclama sin tregua y sin atender a dignidad, decencia o regla, inmortalidad. Es por ello una impostura que supera el tamaño real de Dios en el hombre, usurpándole su poder y su infinita gloria. Un hombre angustiado no es un Dios pero sí el más firme aspirante, el más próximo en su escala.
Extenuado por la batalla respirabas hondo, como para una vida, e intentabas entregar las riendas del pensamiento a quien es por naturaleza de esa inasible esencia, y encontrabas que en ese acto no tenía lugar aquella gota que rompía implacable los pensamientos. Intentando sustraerte de su locura buscabas refugio en la lectura, pero la gota rompía el ritmo de las palabras. Fue entonces cuando comencé a abominar de ella, a repudiarla abiertamente. Llegando a maldecirla, a insultarla. Pero no había nada que hacer, ella era en ese momento angustia, y en ese ser yo ya no era sino un juguete más en las laberínticas palmas de sus manos grises. Al fin y al cabo allí en medio de aquella enorme sala no era sino parte del paisaje de silencio sobre el que reinaba. Aquel silencio del que ella me había salvado, para atarme a la tiranía de su voluntad. Ella también reclamaba inmortalidad, no en vano no era sino angustia en estado húmedo.
Las mentiras que te contabas y te cuentas para conjurar la angustia son concienzudas, no dejan cabos sueltos, para romperlas has de romperte, no hay lección, no cabe remedio, solo el bálsamo de la ciega inconsciencia te puede sostener sin cura gravitando sobre el terrible cráter de su herida.
Comenzabas, en un agudo escalofrío, a confundirla con lejanos pasos, sombríos rostros y aún más sombrías intenciones. Tomabas miedo en el miedo de su espantoso ruido. Fijabas tus ojos en el amarillento agujero implorándole piedad, y veías como se iba conformando lenta, muy lentamente. Comenzaba por ser una leve película que taponaba el torneado orificio, para ir luego adquiriendo cierto volumen, cada vez más, hasta que tras un sutil estremecimiento el peso acataba el principio de gravedad y se precipitaba perfectamente compacta hacia el suelo. Caía rasgando el aire silenciosa, y durante ese espacio te pasaba inadvertida, como si hubiera volado lejos, pero no tardaba en estrellarse contra el frío terrazo, para sonar otra vez como un trueno en medio de aquella sala de espera donde nadie esperaba, y también de la noche que se había detenido en el oscuro y triste ventanal del fondo. Un ventanal propio de suicidas, que daba a un desconchado patio interior al que no se asoman nadie sino era para mirar el vacío buscando saciar su desesperación, porque tras él estaba todo visto, y es que hasta las nocturnas sombras estaban en él de visita. Y volvías a levantar la vista para comprobar como se iba formando esta, y como volvía a caer y te volvía a encontrar y estremecer hasta más allá de lo soportable.
Una gota puede llegar a sonar como un martillo mecánico. Así lo hacía aquella gota que pérdida de la mansa y silenciosa lluvia en que nacía, se vertía inclemente y contradictoria en aquella fría sala de espera de la Residencia, tras un mágico viaje por un dédalo de falsos techos.
Más que sala era un enorme hueco donde desembocaban varios pasillos, uno de ellos llevaba a la pieza de la UVI, en la que agonizaba un hombre joven. Los que lo conocían de la Academia le llamaban “El Legía”, por haber hecho el servicio militar en ese Cuerpo: “Legionarios a luchar, legionarios a morir”, las estupideces por más que mediaticen nuestra existencia y hasta nos gobiernen en lo solemne y lo cotidiano, a la hora de la verdad no es difícil colegir que no son sino eso: estupideces, y que, por tanto, jamás adquieren sentido, y aquella lo era en grado sumo. Porque hora que de verdad se moría, ya no era una fiesta, ni un honor, era sencillamente algo que dolía. Ahora, despojado del uniforme y de la gloria, desnudo y abatido, gritaba su verdadera naturaleza: era de carne, tenía familia, esposa, amigos y un hijo pequeño, tan pequeño que al contrario que los demás aún no guardaba memoria de él.
Trabajaba como guardia civil y había llegado esa misma mañana al Puesto de Herrera, en Guipúzcoa, su primer destino, una vez disfrutado el permiso de incorporación y tras haber superado el curso en la Academia de Úbeda. Sin deshacer aún las maletas, había entrado de servicio a las veintidós horas, y a las veintidós cero cinco, cuando salía por la puerta junto al brigada Comandante de Puesto y otro compañero, fueron ametrallados por los ocupantes de un vehículo que sin llegar a detener la marcha se perdió luego a través de aquella inmensa maraña de complicidades en que se movían los terroristas.
La culpa no tiene hora cuando se es culpable ya antes de haber disfrutado de la posibilidad de tenerla. El brigada murió en el acto, él fue alcanzado por, al menos, ocho balas que le rompieron literalmente el vientre, y el tercero, más veterano y pertrechado con un chaleco antibalas, sufrió una herida en una pierna.
En ese impreciso y fugaz instante en el que cabe una ráfaga de metralleta, “el Legía” comenzó a perder sangre, y en ella a derramar esa vida que se le iba inadvertida en la gota que se formaba en el falso techo de sus entrañas y se perdía sin ruido por los rincones de su carne y las gasas que drenaban sus heridas. Dónde sonaría esa sangre que no fuese en el corazón de todos los que le querían, y que no lo hiciese fuerte y dura como la gota de agua en medio de aquella solitaria sala.
No hubo algodones suficientes, ni llovió sangre suficiente pese a que le suministraron más de catorce litros de la donada por muchos compañeros en su intento de que dejase de gotear vida.
Al final se le fue la vida en sangre, la vi conformarse y perderse en una caída que solo sonó dura cuando la tapa del ataúd la selló, certificando a la vez su muerte.
Luego las lágrimas de su mujer y de sus padres se conformaron en las orillas de los ojos, y cayeron sobre la superficie pulida del ataúd haciendo también ruido. Pero a mí me sigue doliendo aquella gota que durante toda la noche oí caer machacona hasta la locura horadándome parsimoniosa el ánimo.
Como sería su saña, que le puse un periódico debajo, convenientemente doblado, y lo traspasó, le puse poca atención y la traspasó, puse más tarde tierra por medio y la traspasó. Mientras estuve allí caminé de un lado a otro buscando desorientarla, pero una y otra vez me atrapaba inmisericorde. Allí donde estaba, estaba ella, y aún hoy que no estoy, sigo estando y la sigo oyendo. Ella es la memoria de una vida que se iba gota a gota sobre una cama de la UVI, sin más consuelo que el de saberse inocente, inútilmente inocente.
La vida como la culpa es tan corta que a menudo apenas te da tiempo a llegar. Él llegó aquella mañana y a las diez de la noche se fue gota a gota en un río de sangre y silencio. Para sonar ya estaba la gota y mi sofocante neura que, en medio de la noche se torturaban mutuamente, mientras se nos iba también a uno y otra un algo de vida.
Lo habían matado, me habían matado, nos estaban matando, tardé demasiado tiempo en entenderlo, el silencio era mucho, el ruido era mucho, aquella certeza debió bastarme para levantarme e irme por donde había venido. Pero lejos de hacerlo me mantuve allí tal como se me había ordenado, velando su agonía. Y en cierto modo enrabietado por la desvergüenza del ausente Borrega, con su pelambrera de falso vellón, y su chaquetón de falso ante, con su cuello e interior forrado con falsa lana de borrego. No llegué a saber donde fue con su atuendo falso y su falsaria excusa seudoliteraria.
Si bien es cierto que no son pocas las veces que he imaginado que tal vez aquel inesperado comportamiento nos salvó a ambos de morir en aquella sala. Porque los terroristas nos sabían por pares y allí solo estaba el “nones” de turno, sin su par, por lo que no le salían las cuentas, y en esa duda es posible pensar que decidieran abandonar sus fúnebres planes.
Recuerdo eso sí, que hallé, en aquellos que vinieron a relevarme y de los que no recuerdo ni sus caras ni sus nombres, testimonio de vida, y en ella una oportunidad inmejorable para resucitarme.
Nada más entrar en el cuartel, supe de lo oficial de su muerte, certificada minutos después de que yo hubiese abandonada aquella sala. Y también que a primeras horas de la tarde habría de estar convenientemente uniformado para acudir al funeral, no me apetecía lo más mínimo, pero así lo hice porque así se me ordenaba.
Creo que Borrega también estuvo, vestido esta vez de un verde tan falso como el mío.

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