Me recuerdo y os recuerdo

ante sus cadáveres,

clavados como estacas guías

de árboles imposibles.

Retoños rotos

más allá de la muerte,

a los que buscábamos sostener

con el largo stipes

de la cruz de nuestro empleo y empeño.

Mientras íbamos de un extremo al otro

del pequeño patibulum,

buscando remediar

la gigante urgencia de la angustia.

Queriendo obrar el milagro

de ser aún su esperanza.

Más tarde, cuanto antes,

(sus cuerpos ensangrentados

afeaban las calles

de la civilizada ciudad)

alguien los arrancaba

sin cuidado ni afecto

de la cruz del suelo,

y los depositaban en una fría camilla;

fardos de ausencia

atados con gruesas correas de cuero.

De la camilla se les descargaba

en una sucia mesa de autopsias.

En ella, se le rompían los rotos

y cosían los uniformes,

para guardarlos aseados

en esos cofres de indiferencia

que era aquellos ataúdes de una sola boca,

la del olvido.

Y allí quedábamos nosotros,

firmes como estacas,

despidiendo marciales sus féretros,

y doliéndonos, humanos, por sus deudos,

tan vivos, como esa muerte

que no iban a poder,

ni olvidar, ni aliviar.

 

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